miércoles, 29 de febrero de 2012

No somos iguales

Esta simple afirmación, que puede parecer machista y retrógada, es una verdad como un templo. Y más si uno lleva unos pocos de meses compartiendo casa con su queridísima y amadísima pareja. Las mujeres y los hombres no somo iguales. En absoluto. Más bien todo lo contrario.
Iba el otro día dándole vueltas a esto en mi bonito metro. Y todo a raíz de algo que me viene como anillo al dedo para ofrecéroslo como ejemplo de mi afirmación:
Mi pareja y yo en casa, por imperativo legal (y sobre todo económico) solemos compartir el desorodante. Es por esto que siempre compro uno que, como pone bien grande en el bote, es unisex, que para los poco cultivados quiere decir que es un producto que si lo usa habitualmente una mujer es moderna y tal, pero que si lo usa un hombre y, además, va y lo dice, la gente lo mira un poco raro pensando en que es más que posible que al susodicho le de bastante igual que la espalda le huela a pecho de gorila.
Total, que como se nos había terminado, mi hermosísima novia, luz de mis ojos y todo eso, se encargó ella misma, en persona y en riguroso directo, de comprarlo ella. Evidentemente, el bote que trajo, de un prístino color celeste (para que luego digan que los machistas somos nosotros), tenía en enormes letras blancas sobre fondo azul un letrero que ponía: "PARA ELLA" (así, en mayúsculas).
Ante mi normal protesta, su respuesta fue que ya lo había olido y que era totalmente unisex, así que no me quedó más remedio echarme un poco y olerlo. Al instante me vino a la mente el anuncio perfecto para aquel bote de desorodante que, según mi amadísima y preciosísima pareja, lo usan machos machotes regularmente, tales como Steven Seagal, Chuck Norris, Stallone y demás fauna masculinísima. El anuncio que se me vino a la mente sería más o menos así:
Plano de un campo de batalla nevado. Sopla una fuerte ventisca y llueve copiosamente. Por el suelo, semiocultos por la nieve, multitud de cadáveres descuartizados, espadas y hachas rotas, todo lleno de sangre y vísceras. Se escuchan gritos y quejidos agónicos de heridos amputados y ensangrentados. Por una loma a un lado del campo de batalla asciende un grupo de guerreros enormes y peludos empuñando armas descomunales con las hojas bañadas en sangre. Visten gruesas armaduras negras, pieles oscuras y yelmos del color de la noche adornados con enormes cuernos, clavos, pinchos y todo aquello que les pueda dar un aspecto aún más feroz y amenazante. En ese momento suena una masculina voz en off. La de Constantino Romero, por ejemplo, que igual te vende un colchón como que pone en jaque a toda la galaxia:
"De los temidos y sanguinarios guerreros del duro y misterioso norte se cuentan terroríficas historias alrededor de los fuegos. Se dice que se comen los ojos y los corazones de sus enemigos caídos para obtener su poder, y que su fuerza y valor sin igual es un regalo de antiguos dioses oscuros a cambio de sus almas..."
En ese momento cambia el plano, y se ve a los mismos guerreros en el floreado y colorido prado que hay tras la colina. Misteriosamente la nieve no ha llegado hasta allí, y los guerreros se dedican a recoger y a oler ramilletes de flores, a bailar entre ellas con gráciles saltitos y a tomar un té de frutas del bosque sobre un mantel bordado en tacitas de finísima porcelana, compartiendo chismorreos y risitas entre ellos. Suena de fondo una musiquilla de anuncio de perfume (tipo pianito suave) y otra voz en off, por ejemplo la de Jorge Javier Vázquez, dice:
"Pero incluso los fornidos guerreros del norte necesitan descansar y relajarse después de la batalla, y para que nada pueda estropearles ese momento, todos ellos llevan en sus cintos, junto a sus espadas, un bote del desodorante "Muerdealmohading", porque nunca se sabe cuando llega el momento del relax y hay que saber aprovecharlo."
En fin, que por Rubio Decreto Ley, en los próximos días no tendré más remedio que ir por ahí oliendo a duro y aguerrido guerrero del norte. ¡Qué le vamos a hacer!
¡Uff! ¡Llego a mi parada! Tengo que bajarme. ¡Hasta el próximo viaje! 

domingo, 12 de febrero de 2012

La hija de Satán

Me subo yo en mi metro tranquilamente el otro día, de vuelta del trabajo, y tras unos segundos, me doy cuenta de que, entre las docenas de personas que se apiñaban a aquella hora en los vagones, deseosas de llegar a sus casas para descansar un poquito después de la jornada antes de que, al día siguiente, las vuelvan a "crujir", se encontraba, seguro segurísismo, toda una celebridad del inframundo: la hija de Satán.
¡Sí, sí! ¡Y eso que no era fin de semana ni nada!, pero supongo yo que su papi le habría dado algunos euros mientras le decía eso de "antes de las doce te quiero en casa".
A lo que vamos. La criatura, más que posiblemente un horrible y terrorífico demonio milenario que se alimenta con las almas de recién nacidos y de chachorritos de perro desde hace eones tenía, más o menos, el aspecto de una chavalita de unos quince añitos. Monísima ella con su pelo rubio y sus ojazos claros.
¿Qué de dónde saco entonces el título de esta entrada del blog? ¡Muy fácil!
Lo del pelo rubio lo descubrí tras un concienzudo análisis por mi parte (sí, así con las gafitas un poco caídas y todo, tipo Grissom en CSI), ya que, en realidad, lo llevaba a bonitas y elegantes franjas. Unas rubias, otras negras, un par de mechones morados, y varias trencitas sujetas con coleteros negros con calaveras y cruces invetidas (de verdad, de verdad, palabrita del Niño Jesús). Luego, alrededor de sus preciosísimos ojos verdes (por eso de que todo el mundo tiene que tener algo, supongo) llevaba una nada sutil capa de maquillaje negro de varios dedos de espesor. Le quedaba, más o menos, como si se le dan un buen par de hostias a alguien y el susodicho va después y se muere, uniéndose los moratones con las ojeras típicas de los cadáveres.
En cuanto a la ropa, nada, lo normal, pantalones estrechos de cuero negro repletos de quincalla por todas partes, todas ellas con agradables y tranquilizadoras formas de esqueletos, murciélagos y demás. Camiseta negra, tirando a harapienta, de algún grupo de Heavy Metal durísimo del submundo. Por último, cerrando el conjunto, cazadora de cuero con chinchetas y botazas descomunales como las que usaban los Nacional Socialistas para patear cabezas judías con unas suelas más gordas que los bocadillos que me hago cuando tengo un día malo (y, créanme, esos bocadillos son descomunales).
Como no podía ser de otro modo, la criatura llevaba unos casquitos en las orejas con un temita de Speed Metal sonando a todo trapo. Y ella ahí, cantando (bajito, para no molestar) con toda su alma.
¿Lo que más miedo daba? (Además de las pintas, claro) Pues no sé si decidirme por su carita de muñeca de porcelana satánica, tipo muñeca diabólica, o por su dulce vocecilla de esas que tienen los fantasmas de las niñas cruentamente asesinadas en las pelis de mucho, mucho miedo.
Aunque no sé, si me paro a pensarlo bien quizás lo que más miedo daba, pero por mucho, mucho; y siempre en el hipotético caso en que, en realidad, la criatura no fuera como yo creo la hija biológica de Satán; fuera la expresión aterrorizada y desencajada, temible subida de tensión arterial y amaguito de infarto incluídos, de cierto papaíto al ver a su tierna hijita mientras le decía: "¡Me voy! ¡Hasta luego!" 
¡Uff! ¡Llego a mi parada! Tengo que bajarme. ¡Hasta el próximo viaje!

martes, 31 de enero de 2012

Tra... tra... tra, tra, tra ¡baila mi ritmo!

Aquí que va uno, en pleno fín de semana, después de terminar hasta arriba del trabajo (por no decir hasta los huevos, que esto lo pueden leer niños y eso), a esperar el metro, bonito, bonito metro, que le lleve a su casa a morirse un poco entre jornada laboral y jornada laboral.
Entre la hora y el día que eran solo estábamos en la estación, esperando el metro, yo y un chaval gordísimo. Pero gordísimo. De esos que uno se lleva por ahí a ligar porque así es uno el guapo y tiene más posibilidades. Y mira que yo no soy precisamente un palillo ni mucho menos (es que tengo los pectorales caidos), pero es que en los pantalones de ese hombre me podía hacer un duplex de seiscientos metros cuadrados con jacuzzi y todo.
Pero bueno, la cosa es que, para no desentonar con la fauna habitual del metro, el buen chaval llevaba puestos en sus orejitas los reglamentarios cascos para escuchar musiquilla con el móvil. No tengo ni idea de lo que estaría escuchando porque, ¡oh, sorpresas de la vida!, lo tenía a un volumen normal, no como esa gente, solidaria como ninguna, que lleva en móviles y radios de coche la música a todo trapo para que, si alguien no puede disfrutar de esos lujos, pueda comprobar de primerísima mano su excelso gusto musical (generalmente basado en un repititivo chumba chumba y profundas letras tipo "te voy a poner mirando para La Meca").
Pero lo importante no era la música, sino que el buen hombre aquel, totalmente invadido por el ritmo, ni corto ni perezoso, se me pone a bailar en pleno andén de la estación.
Ya, diréis vosotros, el típico movimiento de cabeza o el seguir el ritmo dando golpecitos con un pie... ¡Pues no! ¡Una mierda para vosotros! ¡El tío se puso a bailar en plan rey de la pista! Como un Tony Manero cualquiera desplegó todo un repertorio de bamboleantes y no muy depurados pasos de baile mientras llegaba el metro.
Una vez en nuestro vagón pareció darse cuenta de su situación y, durante unos instantes, fue capaz de controlar sus impulsos ante el nutrido grupo de personas que nos apretujábamos a su alrededor pero, ¡ay! ¡El poder de la música es superior al autocontrol de cualquier mortal! ¡Y ahí estaba el tío, desplegando otra vez todo su (escaso) repertorio danzarín ante las divertidas miradas del resto de los pasajeros!
En su favor, he de reconocer que lo vivía extremadamente, tal y como indicaban sus ojos cerrados y su mordido labio inferior.
¡La leche!, pensé, ¡tiene que estar escuchando una música increíble! Era o eso, o que acababa de echar un polvo, porque si no no me explico de dónde salía tantísima felicidad.
No obstante, me alegro sinceramente por él. Tal vez, si bailáramos más y nos preocupáramos menos de lo que pensaran los demás, todos seríamos un poquito más felices.
¡Uff! ¡Llego a mi parada! Tengo que bajarme. ¡Hasta el próximo viaje!

jueves, 12 de enero de 2012

La cosa está fatal

Cuando me monté en el metro el otro dia, de vuelta a casa tras el trabajo, me fijé en algo que, tal vez, se podría considerar incluso triste o, al menos, desde luego no era la mejor forma de empezar el año.
Apenas me senté en mi vagón (¡Al fín! Porque hasta Reyes ha sido un auténtico infierno coger el metro, a cualquier hora y en cualquier sentido, por culpa de las oleadas y oleadas de gente cargadas hasta las trancas con bolsas varias. ¿Dónde coño está la crisis?) me fijé en una mujer de alrededor de sesenta años. Su aspecto era bastante normal: Pelo relativamente corto y bien teñido de color castaño rojizo, gafas negras, abrigo marrón clarito (lo que las mujeres llamáis caqui. Yo, como buen hombre, soy como un viejo ordenador Spectrum: solo veo dieciséis colores) y botas marrones con un poquito de cuña.
Pero no fue nada de eso lo que me llamó la atención. Fueron otras tres cosas. Primero, el sobre marrón tamaño folio (para ir a juego, supongo) que sostenía en la mano izquierda mientras pasaba el brazo alrededor de una de las barras de alumino para ayudarse a mantener el equilibrio. Después, el teléfono móvil, ni demasiado nuevo ni demasiado viejo (vamos, para hablar, que para eso mismo son los cacharrejos esos del infierno) que llevaba sujeto con la otra mano junto a su oreja (hablando con alguien, supongo). Pero lo que más, lo que más me llamó la atención fueron sus ojos claros y llorosos que vagaban perdidos, tras las gafas, creo yo que sin ser concientes de que estaban en el metro.
Como buen español (esto es, cotilla hasta la médula), y a falta de mejor distracción hasta llegar a mi parada (me había dejado los cascos del móvil en casa), traté de "meter la oreja" a ver si me enteraba de la causa de los ojos llorosos de la señora. Y sí que me enteré.
Por lo visto, el contenido del sobre marrón tamaño folio consistía en el finiquito que la buena mujer acababa de firmar porque no tuvo más cojones (u ovarios, más apropiado en este caso) justo antes de que, como regalo de Año Nuevo, fuera agraciada con un lugar en la más que extensa cola de parados de este país cada vez más tercermundista.
Según pude escuchar mientras ella hablaba por el móvil, ese suceso tan desagradable le había minado bastante la moral y era el causante del estado vidrioso de su mirada perdida (la cual, visto lo visto, iba a tardar bastante en encontrarse). La pobre mujer no tenía ni idea de qué iba a hacer con su vida (y muchísimo menos de qué iba a hacer para llegar a fín de mes).
Que era buena persona quedó bastante claro cuando le comentaba a su interlocutor (o interlocutora, no vaya a venir alguna Ministra y me chusque por el uso sexista del lenguaje) que no sabía cómo iba a decírselo a su hijo, el cual estaba estudiando una carrera sin beca (y menos becas que va a haber ahora) y que ahora a ver qué iba a poder hacer, con lo buen muchacho que era, porque si ella, que se había pegado trabajando en el mismo sitio siglo y medio, se veía ahora con una mano delante y otra detrás a sus años, su chaval iba a tener menos oportunidades que Carmen de Mairena en un combate a muerte contra Chuck Norris.
Y todo esto por no hablar de cómo iba a decírselo la mujer a su señor esposo, también en el paro desde hacía unos pocos meses por un bonito recorte de personal en su empresa. Así no era de extrañar que la pobre mujer estuviera como estaba (con todas las papeletas para meterse entre pecho y  espalda antidepresivos varios).
Total, que me bajé del metro sintiendo, de verdad, de verdad, a pesar de mi sabida psicopaticidad, bastante lástima por aquella señora. No obstante, lo peor fue cuando, ya subiendo las escaleras mecánicas hacia la calle, caí en la cuenta de que en el metro, como va bajo tierra, es absolutamente imposible que ningún teléfono móvil tenga cobertura.
¡Uff! ¡Llego a mi parada! Tengo que bajarme. ¡Hasta el próximo viaje!

lunes, 26 de diciembre de 2011

Axiomas Navideños

Según el famoso filósofo Descartes (que era el más facilillo de estudiar en el instituto), un axioma podría definirse como una verdad cierta e inmutable.
Pues iba yo ayer mismo pensando en mi metro que en estas fechas tan entrañables y bonitas y familiares hay un montón de ejemplos de axiomas que se reproducen, casi idénticamente, en un porcentaje bastante revelador de la población (menos en el grupo, del que me excluyo, que tiene unos principios tan sólidos que se la trae al pairo toda la historia ésta de la Navidad).
Axioma número 1: El cambio de actitud.
Ahora, en estos días, todo el mundo es más bueno, simpático, amable y tal. ¿Por qué? La versión oficial habla de que es una época de reflexión personal y demás, pero yo creo que la verdad es que la gente está acojoná de que los puedan ver los Reyes Magos y, si son malos, les traigan carbón. Así, uno puede ver escenas esperpénticas como ese buen hombre que, al ir a aparcar su coche, ve al gorrilla de turno que le llega corriendo a la voz de "¡Jefe! ¡Jefe!" y, en vez de dar marcha atrás con su vehículo y pasarle tres o cuatro veces por encima al muy chupóptero (que es, seamos sinceros, lo que nos apetece hacer a todos), le da el eurazo con una sonrisa y le felicita las fiestas (y además, si la peli es americana, se lo lleva a casa a cenar en Nochebuena con su familia).
Axioma número 2: Días para estar con los tuyos.
Pues eso. En estos días le sube a uno descomunalmente la factura del teléfono (fijo y móvil, y eso que las compañías de los cojones ni nos mandan a casa felicitación ni nada). El motivo: hay que llamar a todo el mundo para felicitarles las fiestas. Aquí, en un primer momento, dividimos inconscientemente a la gente que conocemos en dos grupos. Por un lado tenemos a aquellos que se merecen escuchar nuestras melodiosas vocecillas y con los que hablamos un ratazo enorme (generalmente para preguntarles por la familia y comentar el frío que hace y lo mala que está la cosa) y, por otro lado, a los que (mayoría) les mandamos un mensajillo con el móvil (en ocasiones, a todos el mismo) y que les vayan dando. Pero yo me pregunto: Si hay gente con la que no hablamos en todo el año, ¿no será que no los aguantamos? ¿Aún así hay que llamarles? ¡Pues ellos tampoco nos llaman a nosotros en todo el año! Si acaso, nos mandan un mensaje con su móvil.
Axioma número 3: Yo nada más que probarlo.
En estos días de reuniones sin control (días aciagos para los que, como yo, somos unos antisociales y tenemos más feeling con los animales del zoo que con nuestros conciudadanos), corremos el riesgo de coger unos kilitos de más (quince o veinte) al resguardarnos tras la frase "yo solo probarlo". Independientemente de la fecha y hora en la que visitemos o seamos visitados por alguien, el consumo descontrolado de alimentos está garantizado. Si los visitados somos nosotros, hay que comer para que las visitas no piensen que, por porculeros y coñazo, les hemos puesto por delante algo envenenado y, si la visita la hacemos nosotros, hay que dejar los platos limpios en señal de que nos sentimos alagados por poder degustar los típicos productos navideños que nos sacan todos los años (en muchos casos, dichos productos son literalmente los mismos que nos sacan todos los años). Y todo esto sin hacer referencia a los días más señalados, en los que las comilonas son unas orgías de calorías sin ningún tipo de control.
Axioma número 4: Nunca más en la vida.
En estas fechas, cuando un viaja en metro o, simplemente, va dando una vuelta por la calle, se cruza con un sin fín de personas con expresiones cadavéricas y miradas que reflejan el horrible sufrimiento que experimentan en su interminable y dolorosa agonía, es decir, que la gente suele ir por ahí con una resaca descomunal. Si tenéis ocasión de preguntar a algunos de estos seres casi etéreos las respuestas son siempre las mismas: ellos no querían beber, pero claro, se juntan unos cuantos (que digo yo que armados hasta los dientes y con fotos de sus seres queridos con unos puntos de mira dibujados encima) y los obligaron. Además, ninguno bebió mucho, el problema fue que mezclaron. Y llegados a este punto es cuando uno le pregunta que qué mezclaron (sobre todo para no hacerlo uno, aunque, por lo menos a mí, a la segunda copa ya se me ha olvidado lo que no tenía que mezclar), y la respuesta es más que reveladora: Generalmente, se mezclan tres o cuatro cervecitas antes de la comida/cena, cinco riojitas con la comida, un licor de hierbas, que es muy digestivo, tres o cuatro chupitos antes de abandonar el restaurante y entre cinco y diez cubatas (dependiendo de la economía de cada uno) en la discoteca de después. ¡Ajá! Pues es cierto, el problema es mezclar, ¡pero mezclar en la sangre entre cuatro y ocho litros de alcohol de una sentada!
Axioma número 5: La paga extra fantasma.
Hay un día, terminando el mes de Diciembre, en el que la felicidad nos innvade a aquellos que tenemos la tremebunda suerte de poder "disfrutar" de una nómia fija. Es el día en que nos ingresan la paga extra. Pero como toda felicidad de verdad, de la buena, de la buena, dura menos que un caramelo en la puerta de un colegio. Entre comidas, compras de regalos, algún caprichito y demás, ese dinero desaparece casi antes de que nos lo hayan ingresado. Parece como si cogiera el Delorean de Regreso al Futuro. Pero lo peor no es que la paga extra desaparezca casi antes de que nos la hayan ingresado, sino que, como nos venimos arriba al ver cómo nos queda la cuenta tras el ingreso, nos terminamos gastando bastante más que el importe de la paga en sí (somos criaturas débiles y tal).
Ahora, como en las revistas de seria divulgación científica tipo Cosmopolitan, me atrevo a presentar los resultados del test:
Si usted solo cumple uno de estos axiomas, es una criatura ruín y despreciable que se merece ser dado de lado por toda la sociedad en estas fechas tan entrañables y morir solo y en la oscuridad.
Si usted cumple entre dos y cuatro axiomas, es también una criatura ruín y despreciable, pero que más o menos se deja invadir por el espíritu navideño y se vuelve, durante unos días, un poquito mejor persona aunque, eso sí, con más kilos y menos neuronas (es el coste de la vida).
Si usted (como es mi caso, debo reconocerlo) cumple con los cinco axiomas, sigue siendo una criatura ruín y despreciable, aunque no se preocupe, ¡tiene muchísimas opciones de no sobrevivir a estas Navidades!
¡Uf! ¡Llego a mi parada! Tengo que bajarme. ¡Hasta el próximo viaje!

PD: ¡Feliz Navidad a todos y próspero Año Nuevo!

jueves, 15 de diciembre de 2011

Las apariencias engañan

Cuando a uno le toca trabajar de noche un fín de semana se arriesga a que, cuando sale con ojeras y carita de sueño hacia el metro, pueda toparse con algún que otro personaje pintoresco que, o bien va de recogida tras una noche loca, o bien está tan puteadito (¡el octavo enanito!) como uno y vuelve de trabajar o (peor aún) va hacia su lugar de empleo.
Pues ahí estaba yo soñando con un café calentito y mi cama (a ser posible solo, nada más que para dormir. ¡Qué triste es hacerse mayor!), cuando llegó mi metro. Y claro, inocente de mí, voy yo y me subo, totalmente ajeno a que estaba a punto de fliparlo muchísimo.
A esas horas había otras tres personas en el metro: chavalita mona con cara de sueño, pelo recogido en una cola y un poco más pintada de lo normal para ocultar las ojeras. Tenía toda la pinta de ir a trabajar o a algún sitio igual de desagradable (tanatorio, laboratorio de pruebas con humanos, dentista...). Por otro lado me encontré con un tío de veintitantos con sus vaqueros, sus deportivas de marca, su sudadera inmensa con capucha, sus oros colgando a lo negro del Equipo A y su pelado al cepillo el cual, más que estar sentado, se había dejado caer en el asiento (¡plaf! Tipo peso muerto). Me pareció que venía de recogida tras, como se suele decir, "haberse dado fuerte". También, por último, nos acompañaba una señora cincuentona recién duchada (porque tenía el pelo mojado, más que nada, no es que me hubiese duchado con ella, que tampoco hubiera pasado nada... ¡Ah! Para los que digan que podría ser mi madre, les confirmo que no, yo a mi madre la conozco y es otra señora...), con su faldita color caqui a la altura de las espinillas, su blusa, y su rebequita marrón bien abrochada.
Hasta aquí todo normal. Y siguió siendo normal un ratito, justo, justo hasta cuando empezó a sonar en todo el tren un tema de hip-hop más bien durete. Que la canción (o el destripamiento de gato a causa de brutal atropello, que es a lo que sonaba) estuviera en inglés se supuso un verdadero problema, ya que mi relación con la lengua de Shakespeare es más bien flojilla, tipo la de Jose Luis López Vázquez cuando perseguía las suecas por las playas de Benidorm. No obstante, tras cuatro visitas a Londón, algo pude pillar. Por lo visto, la letra repetía de diversas formas una bonita y romántica idea que, traducida al español, sería algo así como: "¡Ven pa'cá que te voy a dar lo tuyo!"
¡Tate!, me dije, al pelo cepillo se le ha ido ya la pinza definitivamente... Pero no, el chaval estaba medio frito, con las manos en los bolsillos, y sin ningún dispositivo que pudiera reproducir semejante basurilla.
Bueno, pensé, lo mismo la moza de las ojeras bajo el maquillaje necesita un poco de marcha para aguantar lo que fuera que tenía por delante... Pero tampoco. La pobre mía iba con la mirada perdida en el vacío, rememorando la cama calentita en la que había estado durmiendo solo un ratillo antes.
En aquel momento, en el que ya me levantaba para bajarme en mi parada, me fijé en que la señora cincuentona sostenía en la mano un móvil, sin cascos ni nada, que parpadeaba mientras reproducía la pegadiza musiquilla.
¡La leche!, pensé, ¡pero si es la viejuna! Pues sí, a la señora cincuentona le iba, a primerísima hora de la mañana, el hip-hop duro y tirando a guarrete. Lo que me hace pensar que solo hay dos opciones posibles: que las apariencias engañan (y que en su casa tenía un body de látex negro y una fusta, y me parece muy bien), o que su hijo adolescente le había metido la cancioncilla en el móvil diciéndole que era una versión nueva, en inglés, de uno de los grandes éxitos de doña Concha Piquer, el muy mamón.
Cada uno que elija la que prefiera. Yo me quedo con la del látex, por eso del guarreo sucio y tal.
¡Uf! ¡Llego a mi parada! Tengo que bajarme. ¡Hasta el próximo viaje!

lunes, 12 de diciembre de 2011

Después del acueducto es todavía peor

Hoy mismo, para variar un poquito, en vez de ir al trabajo he vuelto (sí, sí, aunque lo parezca no vivo en el trabajo ni nada, solo voy de vez en cuando) después de un divertido turno de noche en el que ha quedado patente, nuevamente, que me hago mayor (cada vez me cuesta más) a velocidad absurda.
Pero trabajar a turnos tiene sus cosas buenas. Por ejemplo, yo el acueducto descomunal de la semana pasada lo he visto como a las meigas gallegas, que no existen pero que la gente dice que haberlas hailas. Sin embargo, hoy he descubierto que hasta eso tiene su lado bueno porque, llegando yo a mi metro (¡qué bonito que es mi niño, sobre todo cuando llega para llevarme a casa!) con la satisfacción de saber que me quedan por delante tres bonitos (e inusualmente cortos) días de descanso (que ni descanso ni nada, que para eso ya está el trabajo...) con una sonrisa inmensa en la cara; pruébenlo, como aconseja el gran Quino a través de su personaje más internacional: Mafalda, sonrían los días de diario por la mañana y verán lo divertido que es ir llevándole la contraria a todo el mundo; me encuentro con un panorama absolutamente desolador...
Desolador que les parecerá a las buenas personas, que aman a su prójimo y tal... Yo, que más bien soy un poquito mamoncete con acento en la "uta", disfruto más que Hannibal Lecter de Erasmus en una tribu caníbal centroafricana.
Y así que me encuentro, con la felicidad sincera y absoluta de quien tiene unos diítas de asueto por delante, con un montón de rostros desencajados y cadavéricos. Todos ellos propiedad de los que, a buen seguro, más han aprovechado el acueducto de la semana anterior. Algunas expresiones, de verdad de verdad, eran verdaderamente dramáticas y, por otro lado, absolutamente transparentes. La mayoría, evidentemente, tenían cara de estar cagándose en la ONCE por no haber sacado sus numeritos en el último sorteo y haberles retirado de la dura vida del currante (y más dura que va a ser con el nuevo gobierno, y si no, tiempo al tiempo), tipo el "cacharro" del gran Nacho Vidal. Me encontré con alguno que, creo, incluso se planteaba el suicidio por el doloroso método de escuchar una y otra vez, ininterrumpidamente, el disco de duetos de Raphael y El Fary (que no sé en realidad si existe, pero tendría que ser escalofriante...) o, por concretar un poco más, el disco (que seguro, segurísimo, que no van a sacar en su perra vida) de cierto grupo de flamenquito de infausto recuerdo para todos los asistentes a la cena de Navidad del trabajo, en el que se incluyen sus éxitos "Me dan ganas de hacerme daño escuchándoos", "Me voy a echar ácido en los oídos si seguís cantando" o, el favorito de todos, "¿Por qué me tengo que salir a la calle a fumar si vosotros estáis dentro y también matáis?".
Pero también he visto a alguno que otro con cara de psicopatilla, analizando y planificando mentalmente como iba a asesinarnos a todos los viajeros de su tren, sobre todo a los cabroncetes como yo que íbamos con cara de felicidad (aunque, ahora que lo pienso, creo que yo era el único).
Y es que la vuelta a la vida diaria, después de un acueducto más gordo que el de Segovia, se hace un poquitín cuesta arriba para mucha gente. Suerte que tengo yo (y mis compis y otros currantes de sectores diversos) de trabajar a turnos. Ya que no tenemos puentes ni fines de semana (bueno, sí. Alguno toca de higo a breva...), algo bueno teníamos que tener. Sobre todo a los que, como yo, somos bastante mamoncetes y disfrutamos enormemente observándole el careto al personal...
¡Uf! ¡Llego a mi parada! Tengo que bajarme. ¡Hasta el próximo viaje!