miércoles, 30 de noviembre de 2011

¡No me toques las bolas!

Pues sí, ya se van acercando las siempre entrañables fechas navideñas y eso... (como todos los años cuando empieza a hacer frío, vamos), y no es algo que pase desapercibido para nuestros amigos del metro. ¡Qué va! Más bien todo lo contrario. De hecho, sospecho que Papá Noel debe ser accionista mayoritario de la empresa, o está metido en la fábrica y venta de trenes o algo así, ¡no tiene más cojones!
¿Y ésto por qué? Pues porque ayer mismo iba yo en mi metro para mi trabajo (¡buá, buá! ¿Por qué siempre voy al trabajo y no a la Mansión Playboy? ¡Buá, buá!) y, cuando me bajo en la estación de Nervión, cojo yo de mi cartera el bonometro, lo paso responsablemente por la puertecita de nave espacial, paso y, mientras guardo nuevamente en mi cartera el bonometro (porque algo hay que guardar en la cartera, básicamente, y como dinero no hay...), lo que me obligaba a mirar momentáneamente para abajo.
Bien, pues justo en ese preciso momento noto que, cual masculino y contundente central del Athletic Club de Bilbao criado en Lezama, remato peligrosamente de cabeza (supongo que con la intención de despejar el peligro de mi área) alguna cosa que estaba, literalmente, colgada del techo de la estación.
Entonces me da por mirar y compruebo, entre sorprendido y flipándolo bastante, que el metro ha sido totalmente invadido (o, viendo lo visto, más bien violado sin ningún rastro de amor ni de cariño) por el bonito y melancólico ardor navideño, y ahora hay colgadas por todo el techo de la estación unas bolas enormes (pero enormes. De verdad, señores. Absolutamente descomunales) de distintos y nada discretos colores.
Pues sí, lo que tan acertadamente rematé de cabeza fue una de esas absolutamente inmesas bolitas navideñas que, para más inri, están colgadas a una altura que hace más que posible que cualquiera que sea un poquito alto (un metro ochenta y dos que mido yo) se vea casi obligado (porque, de verdad, ¡están por todas partes! Como los charlies en las pelis americanas del Vietnam) a darse el porrazo de rigor tanto, como dicen que las dan los toreros, a la entrada como a la salida.
Pero bueno, la verdad es que también tiene sus cosas buenas, porque uno sale del metro en dirección al trabajo, cabizbajo y tal, y por unos segundos puede rememorar sus años mozos de futbolista y olvidarse un poco de la vida de ahora, la fea que no tenía nada que ver con la que teníamos en la cabeza a esas edades. Además, pues oye, yo que soy bastante tradicional y todo eso, pues sí, pues queda bonito y navideño (aunque estemos todavía en Noviembre, que a este paso la próxima Madrugá sale el Gran Poder con el gorrito de Papá Noel puesto, por eso de no entretenernos mucho que se nos echa el tiempo encima). Y, aparte, te da la emoción añadida de, además de viajar en metro, jugar luego a esquivar las bolitas al salir (que es divertidísimo, de verdad, os lo prometo). ¡Ah, lo que se pierden los que son más bajitos!
Así que nada, que ya me voy a ir dejando invadir (o, si es como con el metro, a violar, que uno ya va teniendo una edad que te hace no poder ponerle demasiadas pegas a esas cosas, que después nos arrepentimos de las ocasiones desperdiciadas) por el espíritu navideño. Todo lo que me rodea me está obligando a ello.
¡Uf! ¡Llego a mi parada! Tengo que bajarme. ¡Hasta el próximo viaje!  

lunes, 21 de noviembre de 2011

Todavía hay clases

Pues sí. No hay más que darse una vueltecita a cualquier hora por cualquier vagón de metro para caer en la cuenta de que las clases sociales están más vivas y diferenciadas que nunca aunque, modernos que somos nosotros más que nadie, las hemos hecho evolucionar un poquito (entendiendo evolución como dejar claro que yo tengo más de lo que sea que tú, y que por eso soy, en resumidas cuentas, mejor en todo).
Ahora ya no hay especial diferenciación de estatus por economía (ya que todos estamos hechos una mierda en este tema, y más que lo vamos a estar...), ni tampoco pertenecemos a una clase social por Providencia Divina, como los monarcas absolutistas (¡Pero si hasta en el Cielo hay crisis! Si no lo creen pásense por Alange, bonito pueblecito cercano a Mérida, y podrán comprobar como la cosa está tan mala que hasta Dios ha tenido que montar un bar para sacarse unas perrillas extras - verídico -).
Ahora la cosa es distinta, pero en realidad está igual. Si uno observa con atención, las clases sociales se ven con absoluta claridad en cada viaje subterráneo. Primero se topa uno con lo que podríamos llamar como "Vieja Burguesía" o "Burguesía Clásica". Todos ahí, con sus ojos y sus narices metidas entre las páginas más o menos amarillentas de un libro (por lo general bastante gordísimo) de los de toda la vida. Este caso es complicado, porque uno no tiene forma de saber si van con el libraco por afición y gusto por la letra impresa de toda la vida o porque están más tiesos que las mojamas del Jota.
Luego están los "20minuteros" o, lo que es lo mismo, estudiantes y currelas más secos que un polvorón en la playa. Estos pobrecitos míos, para leer algo, tienen que hacerse con algún periódico gratuíto de esos que, al leerlos, te dejan un extraño sabor de boca porque, aunque te enteras de cómo está el mundo (mal, eso ya te lo puedo decir yo desde aquí, sin prensa ni nada), nunca extienden las noticias tanto como nos gustaría. Por eso sueles ver caras entre ellos, sobre todo los lunes, que dejan bien a las claras sus pérfidas intenciones de sacar de algún sitio un eurito con veinte céntimos para poderse leer una buena crónica deportiva en el As o en el Estadio Deportivo y enterarse de verdad de lo que pasó en el partido.
Existe también una tercera clase que podríamos llamar "Los aburguesados envidiosillos". ¿Qué estos que son? Pues son los que, estando relativamente tiesecillos o, teniendo cosas más importantes en las que invertir, se niegan (o, generalmente, se les niega) a no enseñar su poderío tecnológico como el que más, y te los ves por ahí sentados, con el portátil en las rodillas, dejándose los ojos para leer cualquier cosa en la pantalla que, como todos sabemos (ellos también, pero las apariencias hay que guardarlas siempre) parpadea constantemente regalándote varios boletos para unas cataratas descomunales dentro de unos añitos. Aún no lo he confirmado, pero existe la posibilidad de que algunos de ellos (al menos los que leen con los cascos enchufados y colocados en las orejas) estén en realidad disfrutando de un poquito de porno duro alemán de los ochenta.
Y, por último, nos encontramos con la "Alta Nobleza" (que no será tan alta, digo yo, cuando se mueven por ahí en metro, o lo mismo es que están muy comprometidos con el Medio Ambiente y lo aman y lo adoran y van por ahí dándole pollazos y besitos con lengua a los arbolitos y tal...). Suele ser gente más o menos joven pero con recursos (la empresa de papá, el enchufe de papá, maté a papá y me quedé con su dinero...) que, en cuanto suben al vagón, desenfundan su e-book superpequeñito y superchuli de la muerte y se ponen a leer como posesos (digo yo que lo de pasar páginas debe ser una tarea agotadora, de ahí su utilidad...). A leer con un ojo, porque con el otro miran al resto del pasaje como diciendo: "¡Mira lo que tengo!" (¡Les daba así...!)
Pero no. Hay otra clase social. La de a los que nos gusta leer, leer de verdad, tochos descomunales de miles de páginas que, en algún momento, enlentecemos para no terminar. De los que nos metemos en las historias y casi que podemos llegar a vivirlas, la de los que preferimos de verdad las páginas amarillentas del libro de toda la vida (porque somos malos y no nos importan los árboles). Pero, tan casados que estamos ya cuando nos subimos al metro, que no nos quedan ganas ni fuerzas de, para cinco minutillos escasos de viaje, cargar con el libro que nos espera, siempre fiel y anhelante, en la mesita de noche de casa para echar un buen rato, porque un libro puede darte muchos buenos ratos en la cama, más aún que con una tele en el cuarto, ¡y no digamos ya con una mujer (u hombre, que de todo hay en la viña del Señor)!
¡Uf! ¡Llego a mi parada! Tengo que bajarme. ¡Hasta el próximo viaje!

Nota: Dedicado a mi compi Julia mietras alzo mi voz al feroz grito de: "¡Que la enseñe! ¡Que la enseñe!"
 

miércoles, 16 de noviembre de 2011

¡Ya llegan las elecciones!

Iba yo hoy en mi metro pensando un poquito en las próximas elecciones del día veinte de noviembre. Supongo que lo hacía porque hace poco he tenido la ocasión de ojear los programas electorales de los dos partidos principales. Creo que es algo así como el que, teniendo un buen Cardhu o un Matuzalem en el mueble bar de casa, prefiere meterse entre pecho y espalda un buen tragito de lejía o similar.
La primera impresión que me dieron es que los dos estaban redactados por el mismo equipo: Pajares y Esteso. Por lo demás, escarbando un poco en la palabrería superficial, ofrecen unas soluciones muy válidas para la descomunal crisis que se nos está comiendo con patatas y todo. Por un lado, tenemos el del partido de la rosa (que creo yo que tendrían que cambiar por un cardo borriquero, para que las gentes los identificasen mejor), que viene a decir algo así como que se va a parchear mal y rápido todo lo que se pueda y que mariquita el último, y que los banqueros y los políticos primero (que mujeres y niños hay muchos por ahí). El otro, el de los de la gaviota (que les quedaría mejor, creo yo, un buitre carroñero o, por el nombre del gracioso animalillo, una polla de agua), defiende que se nos de bastante más por el culo a los que tenemos menos voz (para que así, al gritar, se nos oiga menos y no molestemos), con el loable y harto improbable objetivo de que las cifras cuadren un poquito de cara a presentarlas a Europa, y así las potencias del Viejo Continente nos metan "la puntita nada más", en vez de convertirnos en su zorrita thailandesa durante una sesión de sado-maso.
Pero lo malo, lo malo malo de verdad, lo malo como el malo de las películas, es que los del cardo y los del buitre son las únicas opciones reales que tenemos. Porque claro, este país nuestro es poco previsor y deja siempre las cosas para el último momento (¡Ajá! ¡Así que la culpa no es mía, sino del país!), y así nos va. Nos tendríamos que haber juntado unos cuantos y haber hecho nuestro propio partido. Uno de verdad, con intención de cambiar las cosas.
Y así, entre parada y parada, me pongo a darle vueltas al partido que yo fundaría y al programa que habría que presentar. Lo primero: el nombre. Tiene que ser un nombre pegadizo y que conecte con la gente. Fácil: Partido democrático HASTA LOS HUEVOS.
Luego, las promesas. Fácil también porque, como no me van a votar en mi vida, puedo prometer lo que me salga de los cojones.
1. La bandera. Enseñar y presumir de bandera siempre se ha considerado facha y retrógrado. Pues muy bien. Yo solito he encontrado la solución: quitamos el escudito que tiene en el centro y le ponemos la Copa Mundial de la FIFA, ya que solamente cuando España ganó el Mundial a todo el mundo le importó un carajo que se enseñara la bandera por todas partes (y la gente le daba besitos y todo).
2. El himno. Aunque nos ahorramos el ridículo de ver a nuestros deportistas desafinando de lo lindo, tenemos que renococer que incitar, incita poco al patriotismo. Creo que el motivo es que está mayor y tal (a lo mejor si lo versionara Bisbal...). Mi propuesta es que lo cambiemos por el tema de Tito & Tarántula "After Dark". ¡Sí, sí! El que sale cuando baila con la serpiente Salma Hayek en "Abierto hasta el Amanecer". Estoy convencido de que le gustaría más a cualquier hombre (Porque todos los hombres hemos visto esa película o, al menos, esa escena por Internet. Si alguno lo niega, o miente o - preocúpese si este es el caso de su pareja, señora o señorita - no es un hombre. Personalmente, no entiendo como no le dieron un Oscar de algo por ese trocito milagroso de película).
3. Uniforme. Las mujeres, desnudas (en invierno se les facilitará un abrigo transparente, que tampoco es cuestión que se vayan resfriando por ahí). Vale, vale, los hombres también, aunque tras ser evaluados por un tribunal femenino, porque no todos estamos para enseñar y, reconozcámoslo, la mayoría perdemos sin ropa. Pero las mujeres todas, que nosotros no somos (¡Gracias al cielo!) tan exigentes como ellas.
4. Trabajo. En vez de once meses de trabajo y uno de vacaciones, propongo hacerlo justamente al revés: once meses de vacaciones pagadas y uno trabajando (que entre asuntos propios y bajas se queda en una semanita mal contá). (Tengo compañeros a los que aún así, al final, la empresa les debería horas...)
5. Economía. Esta parte parece la más difícil, pero en realidad es más simple que sumar dos más dos. A todos los jefazos, vices, directores, presidentes, consejeros y demás se les quita un 40% de su salario mensual y se reparte entre los currantes de verdad que somos los que sostenemos (lo poco que nos dejan) la economía de este país. ¡O mejor! Se podrían usar esos eurrillos para generar empleo, que al paso que vamos alguno se va a jubilar antes de empezar a trabajar.
¡Pues ya está! Yo, con estos cinco puntitos, estaría más contento que una lechuga (independientemente de que el tribunal femenino considerase si me tengo que despelotar o no). Pero, lógicamente, es todo una quimera imposible. A los que de verdad quieren hacer algo, les cortan la cabeza para que dejen de pensar y, a los de siempre, se la sudamos tan descomunalmente que pasan de exprimirse las neuronas para intentar encontrar soluciones con un mínimo de lógica.
En fín, que ya están aquí otra vez las elecciones. Y yo, en mi metro, me debato encarnecidamente entre dar mi voto a Espinete o a Spiderman. Porque lo que es dárselo a los del cardo o a los del buitre, se los va a dar su puñetera madre.
¡Uf! ¡Llego a mi parada! Tengo que bajarme. ¡Hasta el próximo viaje!

sábado, 12 de noviembre de 2011

Perra memoria

Iba yo tranquilamente en mi metro el otro día y, por casualidad, sin ningún motivo aparente, me acordé de alguien que ya no está. Supongo que pasaría alguien con su mismo perfume, o alguna persona entraría en el vagón con una bolsa del pan, o alguien llevaría alguna bata de flores diseñada especialmente para miradas inquietas, como diría mi admirado narrador Héctor del Mar. (¡Sí, sí! ¡El de la lucha libre! ¡Soy un inmaduro infantiloide y todo eso! ¡Pero me da igual lo que diga todo el mundo! ¡Es un deporte de verdad!)
En fín, que se me pasó su imagen por la cabeza y, tras unos segundos de evasión, caí en la cuenta de lo perra que es esta memoria nuestra. Y es muy perra porque, con el tiempo, te manipula los recuerdos y te los presenta enmarcados por uno de esos horteras bordes de página del Word de corazoncitos, manzanitas, caramelitos y esas cosas.
De verdad, jamás conocí a nadie más cabezota, caprichosa, egoísta y pesada. Tenía a gala, además, toda una serie de estravagantes manías repetitivas hasta la saciedad de las cuales, para más inri, jamás se encargo en persona. No. Su estilo era más de dar una constante y chirriante brasa descomunal al primero que cogiera por banda (generalmente a mi hermano Luis, silente -o no tan silente- sufridor del "Un, Dos, Tres", mártir penitente y paciente hasta dejar al Santo Job en las bragas más descomunales del universo).
Todos, o al menos muchos, recordamos habitualmente su recopilación de grandes éxitos (muchísimos más escuchados que los de Raphael, Bisbal o Julito Iglesias): "A ese animal hay que sacarlo", "Súbete tres chatas y ya que vas pastelitos sin azúcar para mí", "Yo lo haría pero es que no puedo" y, el preferido de todos "El brazo, el brazo".
Lo cierto es que la recuerdo malísima y agonizante desde que nací, pero a ver quién era el guapo que la dejaba en tierra cuando tocaba ir por ahí a comer. Ese era otro de sus grandes éxitos: "yo el más chico, quemado y asqueroso de todos". Siempre acompañado por el coro "¡Eso es mucho para mí!", lo que no la privaba de probar (salvajemente) los platos del resto de comensales. ¡Ah! Para terminar, llegaba el número supremo. Independientemente de que estuviéramos en Tasca Manolito, especialidad en serrín por los suelos para que no se huelan los vómitos de los borrachos, o en el Restaurant Puturrú de Fuá, ahí que sacaba ella su bolsa de Cheetos vacía y se ponía a recopilar toda la carne que había sobrado al feroz grito de "para mi perro, para mi perro" (lo que daba lugar a tristísimas escenas nocturnas de mí mismo comiéndome un sandwich de atún mientras el perro me miraba divertido a la vez que se zampaba un solimillo espectacular).
Total, que diecinueve años compartí casa y vida con ella, rebozándome en sus manías y constantes quejas egoístas.
Y ahora, perra memoria esta que tenemos, me acuerdo sobre todo de cierta bandeja con el escudo del Betis, de charlas de sus tiempos de postguerra en la calle Hiniesta, de paseos por el parque con ella y con mi abuelo, de los madrugones para ir a ver a Los Armaos y a Los Gitanos en la mañana del Viernes Santo, el degustar los desayunos en el Becerra, junto al gran Paco Gandía, de su balcón lleno de juguetes en la mañana de Reyes...
En fín. Va a ser que, a pesar de todo (y no me olvido jamás de ninguno de sus grandes éxitos), la echo un poquito de menos. ¡Qué memoria más perra esta nuestra!
¡Uf! ¡Llego a mi parada! Tengo que bajarme. ¡Hasta el próximo viaje!

Nota: Dedicado a mi perra memoria y a la intérprete de tantos y tantos éxitos inolvidables.

sábado, 5 de noviembre de 2011

La pregunta del millón

Opino que cualquier usuario habitual del metro se cuestionará exactamente lo mismo cada vez que se sube a uno de los trenes. Es como uno de esos grandes interrogantes de la vida que, aunque todos tenemos en la cabeza, no solemos verbalizar ni comentar con los amigos y allegados tomando unas cañas en algún bar.
También podríamos decir que son como las meigas gallegas, que no se saben si existen, pero que haberlas hailas.
Pues a todo esto se parece lo que he convenido en llamar "la pregunta del millón". Pero para poder explicarme necesito antes ponernos un poco en contexto y situación:
Allá cuando yo era joven y tal me llegó el tiempo del segundo hito en importancia de la vida de cualquier hombre (y con hombre me refiero al género masculino exclusivamente, nada de a la totalidad de la humanidad, no vaya a llegar alguna ministra y me cruja por lenguaje sexista y esas cosas..): El coche (el primero, para los más afortunados del lugar, es la desvirgación, preferiblemente sin pagar...)
Y allí que sale uno del concesionario al volante de lo que se haya podido pagar más o menos, con toda la cara de James Bond al volante de su Aston Martin y pensando "¡La ciudad es mía!"
¡Pero no podríamos estar más equivocados! Porque es entonces cuando llega un malo malísimos de esos de las pelis de 007, con parche en el ojo, o dientes de plata, o alguna tara física que solo le capacita para malo de peli o para vender cupones. Además, tiene algún nombre rimbombante tipo "Goldfinger" o "Doctor No". En nuestro caso, el malo malísimo se llama "El Alcalde" y su tara no es exactamente física, sino más bien psicológica (que es tonto del culo, vamos...). Y ahí va el tío, con dos cojones, y por si aún no nos habíamos planteado cargarnos nuestro coche a la espalda y subirlo a casa, visto el asqueroso número de plazas de aparcamiento que hay por la ciudad, se pone a eliminar estas plazas para construír un sanínimo y verdísimo carril bici por todas las principales calles y avenidas de la ciudad (preferentemente por las que antes se podía aparcar con un poco de suerte, previo pago del eurito de rigor al gorrilla de las narices - otro tema del que tendremos que hablar en algún otro momento -).
¡Pero no pasa nada! Pensarán los incautos, también se ha abierto una línea de metro. Así, las malas personas que se niegan a hacer deporte y se esfuerzan en contaminar el aire con sus coches y sufren embolias e infartos cada vez quer intentan aparcar (obsérvense sus miradas asesinas cuando, tras lograr tan loable maniobra, se acerca corriendo el gorrilla al grito de "¡jefe.. jefe...!), pueden hacer uso del transporte público, que es más limpio, más rápido, más cómodo y, sobre todo, ¡lo tiene que aparcar otro!
Pues sí, así estarían establecidas las cosas si este mundillo nuestro en el que mal vivimos tuviera un mínimo de lógica y de sentido común. Pero no. Las cosas no se hacen así.
Esta reflexión es la que me hace plantearme (a mí y seguro que a un buen montón de personas más) la pregunta del millón:
Queridísimos deportistas y amantes de la vida sana: Si ya habéis sido responsables de miles de embolias e infartos en pobres conductores que solo querían llegar tranquilamente a sus casas, si habéis tomado orgullosamente cientos de plazas de aparcamiento para tener un carril (verdísimo, siento insistir, ¡pero es que es muy verde!) por el que "deportear" a vuestras anchas... Entonces, ¿Me podríais decir por qué coño invadís constantemente el metro (único reducto que nos queda a los normales que nos queremos morir y contaminamos y tal...) con vuestras bicicletas, pedazos de hijos de puta?
¡Uf! ¡Llego a mi parada! Tengo que bajarme. ¡Hasta el próximo viaje!

martes, 25 de octubre de 2011

Un taller como los de antes

Hoy mismo, aunque no me ha tocado trabajar, me he visto obligado a coger el metro por tener que dejar el coche en el taller, que ya le iba tocando una revisión más o menos a fondo, que no le metían mano desde que la Esteban escribió algo sin faltas de ortografía...
Bueno, como no tenía ni idea de dónde llevarlo, me puse en contacto con mi padre, que tiene amigos hasta en el infierno (como dice el refrán) y me recomendó uno situado cerca de su trabajo.
Y ahí iba yo en mi metro de vuelta a casa, contentísimo por haber dejado mi coche en un taller de los que ya no hay. Como los de antes.
Porque, según lo que iba pensando, ahora vas a un taller de esos modernos y no sabes si estás entrando en un sitio para que te arreglen el coche o en una clínica estética, con spa y todo. Entras por allí y está todo blanco y limpio, perfectamente ordenado. En las paredes, como mucho, algún póster elegante del último ferrari o, si el sitio tiene verdadera clase, del último Mercedes deportivo. Suele haber incluso una sala de espera, con sus sofás, con sus plantitas (habitualmente de plástico, que lo sé yo) y sus revistas (de coches, evidentemente, pero de unos coches que no me podré comprar aunque trabaje hasta los doscientos veintres años), que cuando le llaman a uno no sabe si decirle que tiene que cambiar un manguito o hacerse un implante de mamas.
Y además te atienden unos chavales más pequeños que tú, pulcros hasta imaginar que se levantan tres horas antes para hacerse la manicura, con cara de tener una Licenciatura en Ciencias Mecánicas y un Máster en Colocación Avanzada de Manguitos y otro de Bujología Aplicada a la Máquina de Conducción.
Pero, por fortuna, el taller al que he ido hoy no era así. En absoluto. Era como los de antes, como los que a mí me gustan. Un sitio pequeñajo, sucio y oscuro, tanto, que uno no sabe si va a que le areglen el coche o a comprar drogas. Y las paredes... ¡Como debe de ser! Almanaque descomunal (de 1987 por lo menos) con señora en pelota viva. Absolutamente gráfico, ¡nada de poses elegantes ni tonterías!, y primer plano revelador de lo que por estas tierras se da en nombrar como "gato acostao".
Y ahí que sale a recibirte el mecánico, tropezándose varias veces con todas las porquerías que tiene tiradas por enmedio: viejales gordísimo y medio calvo que lo más extenso que se ha leído en su vida es la alineación del Betis en el As (mejor el As que el Marca por la fotito diaria de la chavalita en la última página, hombre por Dios...). Sucio como si se hubiese arrastrado por un campo de entrenamiento iraquí durante horas, con una camiseta interior de tirantas que le marca el "musculado abdomen" y que, antes de darte una mano absolutamente asquerosa, se la limpia con un trapo (muchísimo más asqueroso aún) que lleva metido en los huevos (desde solo Dios sabe cuándo).
Es entonces cuando, independientemente de lo que tú le dices que quieres que le haga al coche, le abre el capó y desenrosca el tapón de la gasolina para inspeccionar y tal, mientras el tío apura (con dos cojones) un cigarrillo con tres dedos de ceniza consumida colgando justamente sobre la entrada del depósito. Y uno piensa: ¡Joder! ¡Que nos vamos a matar! Pero luego recapacita y se dice: ¡Pues sí señor! ¡Así es como hay que hacer las cosas! ¡Se ve que este tío sabe de esto!
Y es que, como he dicho, ya no hay talleres como los de antes. Una auténtica pena. Ahora lo que se lleva son clínicas estéticas para vehículos (como esta sociedad es cada vez más avanzada y mejor y todos nos queremos mucho, muac, muac...) ¡Ah! ¡Y el coche perfectísimo en solo un par de horas! Definitivamente ya tengo taller para cuando lo necesite. Es que yo soy muy tradicional.
¡Uf! ¡Llego a mi parada! Tengo que bajarme. ¡Hasta el próximo viaje!

domingo, 16 de octubre de 2011

Señores pasajeros...

Ayer mismo me ocurrió algo novedoso desde que soy usuario habitual (casi diario) del metro. Iba yo con mi novia hacia el centro para dar un paseíto y gastarnos un dinero que no tenemos y tal cuando, nada más subir a nuestro metro y cerrarse la puertas, un mensaje empieza a sonar repetitivamente por los altavoces de los vagones. No soy capaz de poner en pie las palabras exactas, pero decía algo más o menos así:
"Señores pasajeros, por avería en la línea el servicio normalizado se ha ido a hacer puñetas, así y todo el metro se mueve y hemos cerrado las puertas, atrapándoles sin remisión en su interior (para angustia descomunal de claustrofóbicos varios). Nos estamos pensando además apagar todas las luces, básicamente por joder. Perdón por las molestias, que les vayan dando y muchas gracias."
Y ahí nos encontramos todos los señores viajeros, sin tener ni idea de lo que pasaba en la línea, pero un poco acojonadetes con el mensaje que sonaba una y otra vez (no se nos fuera a olvidar), mirándonos las caras unos a otros con esas expresiones tan típicas de "no pasa nada. Esto me lo como yo con patatas. Total, no tengo nada que hacer hasta que empiece el Betis esta tarde..."
El metro seguía su camino, sin embargo, con bastante normalidad, así que todos (al menos yo), nos pusimos a elucubrar sobre qué leches podría ser lo que ocurría.
Mi primera opción fue pensar que una guerrilla paramilitar bien organizada de albano-kosovares habían tomado el metro con el objetivo de tomarnos a todos como rehenes para exigir la liberación inmediata de Don Pimpón o de otro gerifante peludo de esos que son muy malos y muy peludos pero que siempre están en la cárcel (por eso mismo necesitan que se los libere inmediatamente. Que digo yo que ya puestos, que se busquen otros líderes un poco más espabilados que no se dejen coger). Pero descarté esa opción cuando se me ocurrió que qué leches nos iban a valorar a nosotros las autoridades competentes como objetos de intercambios. Además, con la de años de retraso que han acumulado las obras del metro, sería una putada excesiva que ahora vengan y nos lo rompan. Seguro que eso lo tendría en cuenta una guerrilla militar de albano-kosovares, que en el fondo son buena gente y tal, pero es que la cosa está muy mala.
Así que tuve que pensar en otra cosa, y ahí fue cuando se me ocurrió que Antoñito, empleado del metro y encargado del panel central desde el primer día, al fín había reunido el valor suficiente para decirle a Mari Puri, su compañera del alma, con la que trabaja codo con codo desde el primer día, todo lo que le dictaban sus verdaderos sentimientos hacia ella y ésta, embargada de amor, emoción y guarreo del bueno (como dijo muy acertadamente Woody Allen, el sexo solo es sucio cuando se hace bien), se avalanzó sobre Antoñito para hacerle el amor salvajemente. Y en esas estaban cuando Antoñito, perdida ya toda compostura y tras una rápida bajada de bragas a Mari Puri, la agarra fuertemente por los cachetes y, levantándola, la planta encima del panel central a lo Rocco Sifredi, pero con la mala suerte de que el trasero celulítico y un poco caido de Mari Puri va a presionar exactamente el botoncito que hace que resuene un mensaje pelín preocupante por los altavoces de los metros varios. Si fue este el motivo, de verdad, me parece perfecto.
No obstante, como caí después en la cuenta, lo más probable es que alguno de los metros se hubiese quedado tirado (otra vez, y ya van una barbaridad de montón de veces) en algún punto de la vía y el paso estuviera bloqueado. Pero bueno, al menos nuestro metro llegó sin incidencias (no más que el mensajito de los cojones una y otra vez lo que, ya lo contaré otro día; o si no pregunten a mi hermano; me recordó inevitablemente a Quesos Vega e Hijos) a la parada del centro.
En fín, que creo que no hubiera estado mal lo de los albano-kosovares o lo de Antoñito y Mari Puri (sobre todo esto, porque el guarreo es guarreo, y no está la cosa como para no aprovechar las oportunidades). Al menos así se podría haber enmascarado un poco la incompetencia general (y habitual) del metro y, ¿por qué no?, cambiar un poco la rutina diaria de unos pasajeros demasiado acostumbrado a que les den por el culo como siempre, sin que se innove ni siquiera un poquito.
¡Uf! ¡Llego a mi parada! Tengo que bajarme. ¡Hasta el próximo viaje!