lunes, 26 de diciembre de 2011

Axiomas Navideños

Según el famoso filósofo Descartes (que era el más facilillo de estudiar en el instituto), un axioma podría definirse como una verdad cierta e inmutable.
Pues iba yo ayer mismo pensando en mi metro que en estas fechas tan entrañables y bonitas y familiares hay un montón de ejemplos de axiomas que se reproducen, casi idénticamente, en un porcentaje bastante revelador de la población (menos en el grupo, del que me excluyo, que tiene unos principios tan sólidos que se la trae al pairo toda la historia ésta de la Navidad).
Axioma número 1: El cambio de actitud.
Ahora, en estos días, todo el mundo es más bueno, simpático, amable y tal. ¿Por qué? La versión oficial habla de que es una época de reflexión personal y demás, pero yo creo que la verdad es que la gente está acojoná de que los puedan ver los Reyes Magos y, si son malos, les traigan carbón. Así, uno puede ver escenas esperpénticas como ese buen hombre que, al ir a aparcar su coche, ve al gorrilla de turno que le llega corriendo a la voz de "¡Jefe! ¡Jefe!" y, en vez de dar marcha atrás con su vehículo y pasarle tres o cuatro veces por encima al muy chupóptero (que es, seamos sinceros, lo que nos apetece hacer a todos), le da el eurazo con una sonrisa y le felicita las fiestas (y además, si la peli es americana, se lo lleva a casa a cenar en Nochebuena con su familia).
Axioma número 2: Días para estar con los tuyos.
Pues eso. En estos días le sube a uno descomunalmente la factura del teléfono (fijo y móvil, y eso que las compañías de los cojones ni nos mandan a casa felicitación ni nada). El motivo: hay que llamar a todo el mundo para felicitarles las fiestas. Aquí, en un primer momento, dividimos inconscientemente a la gente que conocemos en dos grupos. Por un lado tenemos a aquellos que se merecen escuchar nuestras melodiosas vocecillas y con los que hablamos un ratazo enorme (generalmente para preguntarles por la familia y comentar el frío que hace y lo mala que está la cosa) y, por otro lado, a los que (mayoría) les mandamos un mensajillo con el móvil (en ocasiones, a todos el mismo) y que les vayan dando. Pero yo me pregunto: Si hay gente con la que no hablamos en todo el año, ¿no será que no los aguantamos? ¿Aún así hay que llamarles? ¡Pues ellos tampoco nos llaman a nosotros en todo el año! Si acaso, nos mandan un mensaje con su móvil.
Axioma número 3: Yo nada más que probarlo.
En estos días de reuniones sin control (días aciagos para los que, como yo, somos unos antisociales y tenemos más feeling con los animales del zoo que con nuestros conciudadanos), corremos el riesgo de coger unos kilitos de más (quince o veinte) al resguardarnos tras la frase "yo solo probarlo". Independientemente de la fecha y hora en la que visitemos o seamos visitados por alguien, el consumo descontrolado de alimentos está garantizado. Si los visitados somos nosotros, hay que comer para que las visitas no piensen que, por porculeros y coñazo, les hemos puesto por delante algo envenenado y, si la visita la hacemos nosotros, hay que dejar los platos limpios en señal de que nos sentimos alagados por poder degustar los típicos productos navideños que nos sacan todos los años (en muchos casos, dichos productos son literalmente los mismos que nos sacan todos los años). Y todo esto sin hacer referencia a los días más señalados, en los que las comilonas son unas orgías de calorías sin ningún tipo de control.
Axioma número 4: Nunca más en la vida.
En estas fechas, cuando un viaja en metro o, simplemente, va dando una vuelta por la calle, se cruza con un sin fín de personas con expresiones cadavéricas y miradas que reflejan el horrible sufrimiento que experimentan en su interminable y dolorosa agonía, es decir, que la gente suele ir por ahí con una resaca descomunal. Si tenéis ocasión de preguntar a algunos de estos seres casi etéreos las respuestas son siempre las mismas: ellos no querían beber, pero claro, se juntan unos cuantos (que digo yo que armados hasta los dientes y con fotos de sus seres queridos con unos puntos de mira dibujados encima) y los obligaron. Además, ninguno bebió mucho, el problema fue que mezclaron. Y llegados a este punto es cuando uno le pregunta que qué mezclaron (sobre todo para no hacerlo uno, aunque, por lo menos a mí, a la segunda copa ya se me ha olvidado lo que no tenía que mezclar), y la respuesta es más que reveladora: Generalmente, se mezclan tres o cuatro cervecitas antes de la comida/cena, cinco riojitas con la comida, un licor de hierbas, que es muy digestivo, tres o cuatro chupitos antes de abandonar el restaurante y entre cinco y diez cubatas (dependiendo de la economía de cada uno) en la discoteca de después. ¡Ajá! Pues es cierto, el problema es mezclar, ¡pero mezclar en la sangre entre cuatro y ocho litros de alcohol de una sentada!
Axioma número 5: La paga extra fantasma.
Hay un día, terminando el mes de Diciembre, en el que la felicidad nos innvade a aquellos que tenemos la tremebunda suerte de poder "disfrutar" de una nómia fija. Es el día en que nos ingresan la paga extra. Pero como toda felicidad de verdad, de la buena, de la buena, dura menos que un caramelo en la puerta de un colegio. Entre comidas, compras de regalos, algún caprichito y demás, ese dinero desaparece casi antes de que nos lo hayan ingresado. Parece como si cogiera el Delorean de Regreso al Futuro. Pero lo peor no es que la paga extra desaparezca casi antes de que nos la hayan ingresado, sino que, como nos venimos arriba al ver cómo nos queda la cuenta tras el ingreso, nos terminamos gastando bastante más que el importe de la paga en sí (somos criaturas débiles y tal).
Ahora, como en las revistas de seria divulgación científica tipo Cosmopolitan, me atrevo a presentar los resultados del test:
Si usted solo cumple uno de estos axiomas, es una criatura ruín y despreciable que se merece ser dado de lado por toda la sociedad en estas fechas tan entrañables y morir solo y en la oscuridad.
Si usted cumple entre dos y cuatro axiomas, es también una criatura ruín y despreciable, pero que más o menos se deja invadir por el espíritu navideño y se vuelve, durante unos días, un poquito mejor persona aunque, eso sí, con más kilos y menos neuronas (es el coste de la vida).
Si usted (como es mi caso, debo reconocerlo) cumple con los cinco axiomas, sigue siendo una criatura ruín y despreciable, aunque no se preocupe, ¡tiene muchísimas opciones de no sobrevivir a estas Navidades!
¡Uf! ¡Llego a mi parada! Tengo que bajarme. ¡Hasta el próximo viaje!

PD: ¡Feliz Navidad a todos y próspero Año Nuevo!

jueves, 15 de diciembre de 2011

Las apariencias engañan

Cuando a uno le toca trabajar de noche un fín de semana se arriesga a que, cuando sale con ojeras y carita de sueño hacia el metro, pueda toparse con algún que otro personaje pintoresco que, o bien va de recogida tras una noche loca, o bien está tan puteadito (¡el octavo enanito!) como uno y vuelve de trabajar o (peor aún) va hacia su lugar de empleo.
Pues ahí estaba yo soñando con un café calentito y mi cama (a ser posible solo, nada más que para dormir. ¡Qué triste es hacerse mayor!), cuando llegó mi metro. Y claro, inocente de mí, voy yo y me subo, totalmente ajeno a que estaba a punto de fliparlo muchísimo.
A esas horas había otras tres personas en el metro: chavalita mona con cara de sueño, pelo recogido en una cola y un poco más pintada de lo normal para ocultar las ojeras. Tenía toda la pinta de ir a trabajar o a algún sitio igual de desagradable (tanatorio, laboratorio de pruebas con humanos, dentista...). Por otro lado me encontré con un tío de veintitantos con sus vaqueros, sus deportivas de marca, su sudadera inmensa con capucha, sus oros colgando a lo negro del Equipo A y su pelado al cepillo el cual, más que estar sentado, se había dejado caer en el asiento (¡plaf! Tipo peso muerto). Me pareció que venía de recogida tras, como se suele decir, "haberse dado fuerte". También, por último, nos acompañaba una señora cincuentona recién duchada (porque tenía el pelo mojado, más que nada, no es que me hubiese duchado con ella, que tampoco hubiera pasado nada... ¡Ah! Para los que digan que podría ser mi madre, les confirmo que no, yo a mi madre la conozco y es otra señora...), con su faldita color caqui a la altura de las espinillas, su blusa, y su rebequita marrón bien abrochada.
Hasta aquí todo normal. Y siguió siendo normal un ratito, justo, justo hasta cuando empezó a sonar en todo el tren un tema de hip-hop más bien durete. Que la canción (o el destripamiento de gato a causa de brutal atropello, que es a lo que sonaba) estuviera en inglés se supuso un verdadero problema, ya que mi relación con la lengua de Shakespeare es más bien flojilla, tipo la de Jose Luis López Vázquez cuando perseguía las suecas por las playas de Benidorm. No obstante, tras cuatro visitas a Londón, algo pude pillar. Por lo visto, la letra repetía de diversas formas una bonita y romántica idea que, traducida al español, sería algo así como: "¡Ven pa'cá que te voy a dar lo tuyo!"
¡Tate!, me dije, al pelo cepillo se le ha ido ya la pinza definitivamente... Pero no, el chaval estaba medio frito, con las manos en los bolsillos, y sin ningún dispositivo que pudiera reproducir semejante basurilla.
Bueno, pensé, lo mismo la moza de las ojeras bajo el maquillaje necesita un poco de marcha para aguantar lo que fuera que tenía por delante... Pero tampoco. La pobre mía iba con la mirada perdida en el vacío, rememorando la cama calentita en la que había estado durmiendo solo un ratillo antes.
En aquel momento, en el que ya me levantaba para bajarme en mi parada, me fijé en que la señora cincuentona sostenía en la mano un móvil, sin cascos ni nada, que parpadeaba mientras reproducía la pegadiza musiquilla.
¡La leche!, pensé, ¡pero si es la viejuna! Pues sí, a la señora cincuentona le iba, a primerísima hora de la mañana, el hip-hop duro y tirando a guarrete. Lo que me hace pensar que solo hay dos opciones posibles: que las apariencias engañan (y que en su casa tenía un body de látex negro y una fusta, y me parece muy bien), o que su hijo adolescente le había metido la cancioncilla en el móvil diciéndole que era una versión nueva, en inglés, de uno de los grandes éxitos de doña Concha Piquer, el muy mamón.
Cada uno que elija la que prefiera. Yo me quedo con la del látex, por eso del guarreo sucio y tal.
¡Uf! ¡Llego a mi parada! Tengo que bajarme. ¡Hasta el próximo viaje!

lunes, 12 de diciembre de 2011

Después del acueducto es todavía peor

Hoy mismo, para variar un poquito, en vez de ir al trabajo he vuelto (sí, sí, aunque lo parezca no vivo en el trabajo ni nada, solo voy de vez en cuando) después de un divertido turno de noche en el que ha quedado patente, nuevamente, que me hago mayor (cada vez me cuesta más) a velocidad absurda.
Pero trabajar a turnos tiene sus cosas buenas. Por ejemplo, yo el acueducto descomunal de la semana pasada lo he visto como a las meigas gallegas, que no existen pero que la gente dice que haberlas hailas. Sin embargo, hoy he descubierto que hasta eso tiene su lado bueno porque, llegando yo a mi metro (¡qué bonito que es mi niño, sobre todo cuando llega para llevarme a casa!) con la satisfacción de saber que me quedan por delante tres bonitos (e inusualmente cortos) días de descanso (que ni descanso ni nada, que para eso ya está el trabajo...) con una sonrisa inmensa en la cara; pruébenlo, como aconseja el gran Quino a través de su personaje más internacional: Mafalda, sonrían los días de diario por la mañana y verán lo divertido que es ir llevándole la contraria a todo el mundo; me encuentro con un panorama absolutamente desolador...
Desolador que les parecerá a las buenas personas, que aman a su prójimo y tal... Yo, que más bien soy un poquito mamoncete con acento en la "uta", disfruto más que Hannibal Lecter de Erasmus en una tribu caníbal centroafricana.
Y así que me encuentro, con la felicidad sincera y absoluta de quien tiene unos diítas de asueto por delante, con un montón de rostros desencajados y cadavéricos. Todos ellos propiedad de los que, a buen seguro, más han aprovechado el acueducto de la semana anterior. Algunas expresiones, de verdad de verdad, eran verdaderamente dramáticas y, por otro lado, absolutamente transparentes. La mayoría, evidentemente, tenían cara de estar cagándose en la ONCE por no haber sacado sus numeritos en el último sorteo y haberles retirado de la dura vida del currante (y más dura que va a ser con el nuevo gobierno, y si no, tiempo al tiempo), tipo el "cacharro" del gran Nacho Vidal. Me encontré con alguno que, creo, incluso se planteaba el suicidio por el doloroso método de escuchar una y otra vez, ininterrumpidamente, el disco de duetos de Raphael y El Fary (que no sé en realidad si existe, pero tendría que ser escalofriante...) o, por concretar un poco más, el disco (que seguro, segurísimo, que no van a sacar en su perra vida) de cierto grupo de flamenquito de infausto recuerdo para todos los asistentes a la cena de Navidad del trabajo, en el que se incluyen sus éxitos "Me dan ganas de hacerme daño escuchándoos", "Me voy a echar ácido en los oídos si seguís cantando" o, el favorito de todos, "¿Por qué me tengo que salir a la calle a fumar si vosotros estáis dentro y también matáis?".
Pero también he visto a alguno que otro con cara de psicopatilla, analizando y planificando mentalmente como iba a asesinarnos a todos los viajeros de su tren, sobre todo a los cabroncetes como yo que íbamos con cara de felicidad (aunque, ahora que lo pienso, creo que yo era el único).
Y es que la vuelta a la vida diaria, después de un acueducto más gordo que el de Segovia, se hace un poquitín cuesta arriba para mucha gente. Suerte que tengo yo (y mis compis y otros currantes de sectores diversos) de trabajar a turnos. Ya que no tenemos puentes ni fines de semana (bueno, sí. Alguno toca de higo a breva...), algo bueno teníamos que tener. Sobre todo a los que, como yo, somos bastante mamoncetes y disfrutamos enormemente observándole el careto al personal...
¡Uf! ¡Llego a mi parada! Tengo que bajarme. ¡Hasta el próximo viaje! 

miércoles, 30 de noviembre de 2011

¡No me toques las bolas!

Pues sí, ya se van acercando las siempre entrañables fechas navideñas y eso... (como todos los años cuando empieza a hacer frío, vamos), y no es algo que pase desapercibido para nuestros amigos del metro. ¡Qué va! Más bien todo lo contrario. De hecho, sospecho que Papá Noel debe ser accionista mayoritario de la empresa, o está metido en la fábrica y venta de trenes o algo así, ¡no tiene más cojones!
¿Y ésto por qué? Pues porque ayer mismo iba yo en mi metro para mi trabajo (¡buá, buá! ¿Por qué siempre voy al trabajo y no a la Mansión Playboy? ¡Buá, buá!) y, cuando me bajo en la estación de Nervión, cojo yo de mi cartera el bonometro, lo paso responsablemente por la puertecita de nave espacial, paso y, mientras guardo nuevamente en mi cartera el bonometro (porque algo hay que guardar en la cartera, básicamente, y como dinero no hay...), lo que me obligaba a mirar momentáneamente para abajo.
Bien, pues justo en ese preciso momento noto que, cual masculino y contundente central del Athletic Club de Bilbao criado en Lezama, remato peligrosamente de cabeza (supongo que con la intención de despejar el peligro de mi área) alguna cosa que estaba, literalmente, colgada del techo de la estación.
Entonces me da por mirar y compruebo, entre sorprendido y flipándolo bastante, que el metro ha sido totalmente invadido (o, viendo lo visto, más bien violado sin ningún rastro de amor ni de cariño) por el bonito y melancólico ardor navideño, y ahora hay colgadas por todo el techo de la estación unas bolas enormes (pero enormes. De verdad, señores. Absolutamente descomunales) de distintos y nada discretos colores.
Pues sí, lo que tan acertadamente rematé de cabeza fue una de esas absolutamente inmesas bolitas navideñas que, para más inri, están colgadas a una altura que hace más que posible que cualquiera que sea un poquito alto (un metro ochenta y dos que mido yo) se vea casi obligado (porque, de verdad, ¡están por todas partes! Como los charlies en las pelis americanas del Vietnam) a darse el porrazo de rigor tanto, como dicen que las dan los toreros, a la entrada como a la salida.
Pero bueno, la verdad es que también tiene sus cosas buenas, porque uno sale del metro en dirección al trabajo, cabizbajo y tal, y por unos segundos puede rememorar sus años mozos de futbolista y olvidarse un poco de la vida de ahora, la fea que no tenía nada que ver con la que teníamos en la cabeza a esas edades. Además, pues oye, yo que soy bastante tradicional y todo eso, pues sí, pues queda bonito y navideño (aunque estemos todavía en Noviembre, que a este paso la próxima Madrugá sale el Gran Poder con el gorrito de Papá Noel puesto, por eso de no entretenernos mucho que se nos echa el tiempo encima). Y, aparte, te da la emoción añadida de, además de viajar en metro, jugar luego a esquivar las bolitas al salir (que es divertidísimo, de verdad, os lo prometo). ¡Ah, lo que se pierden los que son más bajitos!
Así que nada, que ya me voy a ir dejando invadir (o, si es como con el metro, a violar, que uno ya va teniendo una edad que te hace no poder ponerle demasiadas pegas a esas cosas, que después nos arrepentimos de las ocasiones desperdiciadas) por el espíritu navideño. Todo lo que me rodea me está obligando a ello.
¡Uf! ¡Llego a mi parada! Tengo que bajarme. ¡Hasta el próximo viaje!  

lunes, 21 de noviembre de 2011

Todavía hay clases

Pues sí. No hay más que darse una vueltecita a cualquier hora por cualquier vagón de metro para caer en la cuenta de que las clases sociales están más vivas y diferenciadas que nunca aunque, modernos que somos nosotros más que nadie, las hemos hecho evolucionar un poquito (entendiendo evolución como dejar claro que yo tengo más de lo que sea que tú, y que por eso soy, en resumidas cuentas, mejor en todo).
Ahora ya no hay especial diferenciación de estatus por economía (ya que todos estamos hechos una mierda en este tema, y más que lo vamos a estar...), ni tampoco pertenecemos a una clase social por Providencia Divina, como los monarcas absolutistas (¡Pero si hasta en el Cielo hay crisis! Si no lo creen pásense por Alange, bonito pueblecito cercano a Mérida, y podrán comprobar como la cosa está tan mala que hasta Dios ha tenido que montar un bar para sacarse unas perrillas extras - verídico -).
Ahora la cosa es distinta, pero en realidad está igual. Si uno observa con atención, las clases sociales se ven con absoluta claridad en cada viaje subterráneo. Primero se topa uno con lo que podríamos llamar como "Vieja Burguesía" o "Burguesía Clásica". Todos ahí, con sus ojos y sus narices metidas entre las páginas más o menos amarillentas de un libro (por lo general bastante gordísimo) de los de toda la vida. Este caso es complicado, porque uno no tiene forma de saber si van con el libraco por afición y gusto por la letra impresa de toda la vida o porque están más tiesos que las mojamas del Jota.
Luego están los "20minuteros" o, lo que es lo mismo, estudiantes y currelas más secos que un polvorón en la playa. Estos pobrecitos míos, para leer algo, tienen que hacerse con algún periódico gratuíto de esos que, al leerlos, te dejan un extraño sabor de boca porque, aunque te enteras de cómo está el mundo (mal, eso ya te lo puedo decir yo desde aquí, sin prensa ni nada), nunca extienden las noticias tanto como nos gustaría. Por eso sueles ver caras entre ellos, sobre todo los lunes, que dejan bien a las claras sus pérfidas intenciones de sacar de algún sitio un eurito con veinte céntimos para poderse leer una buena crónica deportiva en el As o en el Estadio Deportivo y enterarse de verdad de lo que pasó en el partido.
Existe también una tercera clase que podríamos llamar "Los aburguesados envidiosillos". ¿Qué estos que son? Pues son los que, estando relativamente tiesecillos o, teniendo cosas más importantes en las que invertir, se niegan (o, generalmente, se les niega) a no enseñar su poderío tecnológico como el que más, y te los ves por ahí sentados, con el portátil en las rodillas, dejándose los ojos para leer cualquier cosa en la pantalla que, como todos sabemos (ellos también, pero las apariencias hay que guardarlas siempre) parpadea constantemente regalándote varios boletos para unas cataratas descomunales dentro de unos añitos. Aún no lo he confirmado, pero existe la posibilidad de que algunos de ellos (al menos los que leen con los cascos enchufados y colocados en las orejas) estén en realidad disfrutando de un poquito de porno duro alemán de los ochenta.
Y, por último, nos encontramos con la "Alta Nobleza" (que no será tan alta, digo yo, cuando se mueven por ahí en metro, o lo mismo es que están muy comprometidos con el Medio Ambiente y lo aman y lo adoran y van por ahí dándole pollazos y besitos con lengua a los arbolitos y tal...). Suele ser gente más o menos joven pero con recursos (la empresa de papá, el enchufe de papá, maté a papá y me quedé con su dinero...) que, en cuanto suben al vagón, desenfundan su e-book superpequeñito y superchuli de la muerte y se ponen a leer como posesos (digo yo que lo de pasar páginas debe ser una tarea agotadora, de ahí su utilidad...). A leer con un ojo, porque con el otro miran al resto del pasaje como diciendo: "¡Mira lo que tengo!" (¡Les daba así...!)
Pero no. Hay otra clase social. La de a los que nos gusta leer, leer de verdad, tochos descomunales de miles de páginas que, en algún momento, enlentecemos para no terminar. De los que nos metemos en las historias y casi que podemos llegar a vivirlas, la de los que preferimos de verdad las páginas amarillentas del libro de toda la vida (porque somos malos y no nos importan los árboles). Pero, tan casados que estamos ya cuando nos subimos al metro, que no nos quedan ganas ni fuerzas de, para cinco minutillos escasos de viaje, cargar con el libro que nos espera, siempre fiel y anhelante, en la mesita de noche de casa para echar un buen rato, porque un libro puede darte muchos buenos ratos en la cama, más aún que con una tele en el cuarto, ¡y no digamos ya con una mujer (u hombre, que de todo hay en la viña del Señor)!
¡Uf! ¡Llego a mi parada! Tengo que bajarme. ¡Hasta el próximo viaje!

Nota: Dedicado a mi compi Julia mietras alzo mi voz al feroz grito de: "¡Que la enseñe! ¡Que la enseñe!"
 

miércoles, 16 de noviembre de 2011

¡Ya llegan las elecciones!

Iba yo hoy en mi metro pensando un poquito en las próximas elecciones del día veinte de noviembre. Supongo que lo hacía porque hace poco he tenido la ocasión de ojear los programas electorales de los dos partidos principales. Creo que es algo así como el que, teniendo un buen Cardhu o un Matuzalem en el mueble bar de casa, prefiere meterse entre pecho y espalda un buen tragito de lejía o similar.
La primera impresión que me dieron es que los dos estaban redactados por el mismo equipo: Pajares y Esteso. Por lo demás, escarbando un poco en la palabrería superficial, ofrecen unas soluciones muy válidas para la descomunal crisis que se nos está comiendo con patatas y todo. Por un lado, tenemos el del partido de la rosa (que creo yo que tendrían que cambiar por un cardo borriquero, para que las gentes los identificasen mejor), que viene a decir algo así como que se va a parchear mal y rápido todo lo que se pueda y que mariquita el último, y que los banqueros y los políticos primero (que mujeres y niños hay muchos por ahí). El otro, el de los de la gaviota (que les quedaría mejor, creo yo, un buitre carroñero o, por el nombre del gracioso animalillo, una polla de agua), defiende que se nos de bastante más por el culo a los que tenemos menos voz (para que así, al gritar, se nos oiga menos y no molestemos), con el loable y harto improbable objetivo de que las cifras cuadren un poquito de cara a presentarlas a Europa, y así las potencias del Viejo Continente nos metan "la puntita nada más", en vez de convertirnos en su zorrita thailandesa durante una sesión de sado-maso.
Pero lo malo, lo malo malo de verdad, lo malo como el malo de las películas, es que los del cardo y los del buitre son las únicas opciones reales que tenemos. Porque claro, este país nuestro es poco previsor y deja siempre las cosas para el último momento (¡Ajá! ¡Así que la culpa no es mía, sino del país!), y así nos va. Nos tendríamos que haber juntado unos cuantos y haber hecho nuestro propio partido. Uno de verdad, con intención de cambiar las cosas.
Y así, entre parada y parada, me pongo a darle vueltas al partido que yo fundaría y al programa que habría que presentar. Lo primero: el nombre. Tiene que ser un nombre pegadizo y que conecte con la gente. Fácil: Partido democrático HASTA LOS HUEVOS.
Luego, las promesas. Fácil también porque, como no me van a votar en mi vida, puedo prometer lo que me salga de los cojones.
1. La bandera. Enseñar y presumir de bandera siempre se ha considerado facha y retrógrado. Pues muy bien. Yo solito he encontrado la solución: quitamos el escudito que tiene en el centro y le ponemos la Copa Mundial de la FIFA, ya que solamente cuando España ganó el Mundial a todo el mundo le importó un carajo que se enseñara la bandera por todas partes (y la gente le daba besitos y todo).
2. El himno. Aunque nos ahorramos el ridículo de ver a nuestros deportistas desafinando de lo lindo, tenemos que renococer que incitar, incita poco al patriotismo. Creo que el motivo es que está mayor y tal (a lo mejor si lo versionara Bisbal...). Mi propuesta es que lo cambiemos por el tema de Tito & Tarántula "After Dark". ¡Sí, sí! El que sale cuando baila con la serpiente Salma Hayek en "Abierto hasta el Amanecer". Estoy convencido de que le gustaría más a cualquier hombre (Porque todos los hombres hemos visto esa película o, al menos, esa escena por Internet. Si alguno lo niega, o miente o - preocúpese si este es el caso de su pareja, señora o señorita - no es un hombre. Personalmente, no entiendo como no le dieron un Oscar de algo por ese trocito milagroso de película).
3. Uniforme. Las mujeres, desnudas (en invierno se les facilitará un abrigo transparente, que tampoco es cuestión que se vayan resfriando por ahí). Vale, vale, los hombres también, aunque tras ser evaluados por un tribunal femenino, porque no todos estamos para enseñar y, reconozcámoslo, la mayoría perdemos sin ropa. Pero las mujeres todas, que nosotros no somos (¡Gracias al cielo!) tan exigentes como ellas.
4. Trabajo. En vez de once meses de trabajo y uno de vacaciones, propongo hacerlo justamente al revés: once meses de vacaciones pagadas y uno trabajando (que entre asuntos propios y bajas se queda en una semanita mal contá). (Tengo compañeros a los que aún así, al final, la empresa les debería horas...)
5. Economía. Esta parte parece la más difícil, pero en realidad es más simple que sumar dos más dos. A todos los jefazos, vices, directores, presidentes, consejeros y demás se les quita un 40% de su salario mensual y se reparte entre los currantes de verdad que somos los que sostenemos (lo poco que nos dejan) la economía de este país. ¡O mejor! Se podrían usar esos eurrillos para generar empleo, que al paso que vamos alguno se va a jubilar antes de empezar a trabajar.
¡Pues ya está! Yo, con estos cinco puntitos, estaría más contento que una lechuga (independientemente de que el tribunal femenino considerase si me tengo que despelotar o no). Pero, lógicamente, es todo una quimera imposible. A los que de verdad quieren hacer algo, les cortan la cabeza para que dejen de pensar y, a los de siempre, se la sudamos tan descomunalmente que pasan de exprimirse las neuronas para intentar encontrar soluciones con un mínimo de lógica.
En fín, que ya están aquí otra vez las elecciones. Y yo, en mi metro, me debato encarnecidamente entre dar mi voto a Espinete o a Spiderman. Porque lo que es dárselo a los del cardo o a los del buitre, se los va a dar su puñetera madre.
¡Uf! ¡Llego a mi parada! Tengo que bajarme. ¡Hasta el próximo viaje!

sábado, 12 de noviembre de 2011

Perra memoria

Iba yo tranquilamente en mi metro el otro día y, por casualidad, sin ningún motivo aparente, me acordé de alguien que ya no está. Supongo que pasaría alguien con su mismo perfume, o alguna persona entraría en el vagón con una bolsa del pan, o alguien llevaría alguna bata de flores diseñada especialmente para miradas inquietas, como diría mi admirado narrador Héctor del Mar. (¡Sí, sí! ¡El de la lucha libre! ¡Soy un inmaduro infantiloide y todo eso! ¡Pero me da igual lo que diga todo el mundo! ¡Es un deporte de verdad!)
En fín, que se me pasó su imagen por la cabeza y, tras unos segundos de evasión, caí en la cuenta de lo perra que es esta memoria nuestra. Y es muy perra porque, con el tiempo, te manipula los recuerdos y te los presenta enmarcados por uno de esos horteras bordes de página del Word de corazoncitos, manzanitas, caramelitos y esas cosas.
De verdad, jamás conocí a nadie más cabezota, caprichosa, egoísta y pesada. Tenía a gala, además, toda una serie de estravagantes manías repetitivas hasta la saciedad de las cuales, para más inri, jamás se encargo en persona. No. Su estilo era más de dar una constante y chirriante brasa descomunal al primero que cogiera por banda (generalmente a mi hermano Luis, silente -o no tan silente- sufridor del "Un, Dos, Tres", mártir penitente y paciente hasta dejar al Santo Job en las bragas más descomunales del universo).
Todos, o al menos muchos, recordamos habitualmente su recopilación de grandes éxitos (muchísimos más escuchados que los de Raphael, Bisbal o Julito Iglesias): "A ese animal hay que sacarlo", "Súbete tres chatas y ya que vas pastelitos sin azúcar para mí", "Yo lo haría pero es que no puedo" y, el preferido de todos "El brazo, el brazo".
Lo cierto es que la recuerdo malísima y agonizante desde que nací, pero a ver quién era el guapo que la dejaba en tierra cuando tocaba ir por ahí a comer. Ese era otro de sus grandes éxitos: "yo el más chico, quemado y asqueroso de todos". Siempre acompañado por el coro "¡Eso es mucho para mí!", lo que no la privaba de probar (salvajemente) los platos del resto de comensales. ¡Ah! Para terminar, llegaba el número supremo. Independientemente de que estuviéramos en Tasca Manolito, especialidad en serrín por los suelos para que no se huelan los vómitos de los borrachos, o en el Restaurant Puturrú de Fuá, ahí que sacaba ella su bolsa de Cheetos vacía y se ponía a recopilar toda la carne que había sobrado al feroz grito de "para mi perro, para mi perro" (lo que daba lugar a tristísimas escenas nocturnas de mí mismo comiéndome un sandwich de atún mientras el perro me miraba divertido a la vez que se zampaba un solimillo espectacular).
Total, que diecinueve años compartí casa y vida con ella, rebozándome en sus manías y constantes quejas egoístas.
Y ahora, perra memoria esta que tenemos, me acuerdo sobre todo de cierta bandeja con el escudo del Betis, de charlas de sus tiempos de postguerra en la calle Hiniesta, de paseos por el parque con ella y con mi abuelo, de los madrugones para ir a ver a Los Armaos y a Los Gitanos en la mañana del Viernes Santo, el degustar los desayunos en el Becerra, junto al gran Paco Gandía, de su balcón lleno de juguetes en la mañana de Reyes...
En fín. Va a ser que, a pesar de todo (y no me olvido jamás de ninguno de sus grandes éxitos), la echo un poquito de menos. ¡Qué memoria más perra esta nuestra!
¡Uf! ¡Llego a mi parada! Tengo que bajarme. ¡Hasta el próximo viaje!

Nota: Dedicado a mi perra memoria y a la intérprete de tantos y tantos éxitos inolvidables.