viernes, 12 de octubre de 2012

No sé... Cualquier cosa...

Iba yo tranquilamente el otro domingo en mi metro, camino del trabajo (creo que si me quitan el metro dejo el trabajo) mientras le daba vueltas a algo que, aunque me acababa de pasar, es moneda habitual en mi aún corta pero intensa vida de convivencia en pareja.

Me explico: creo haber descubierto un nexo común de comportamiento entre las mujeres en general y los niños y niñas, de ambos géneros y géneras, y de ambos sexos y sexas (que no quiero que venga nadie a decirme que utilizo un lenguaje sexista... ¡Ni sexisto!) Esa característica compartida; y sé que es compartida porque yo mismo de pequeño (sí, sí, ¡yo he sido pequeño!) he incurrido en incontables ocasiones en el mismo bucle; tiene que ver con la comida.

Os pongo en antecedentes: Yo entro a trabajar a las tres de la tarde, por lo que me veo obligado a almorzar entre las dos menos cuartos y las dos de la tarde para no llegar tarde. Por eso, cuando se van acercando las doce y media de la mañana, me veo obligado a armarme de valor para formular una pregunta que, aunque pueda parecer simple e inofensiva, mi experiencia me ha enseñado a temer con cada fibra de mi ser. Total, que me pongo en plan Chuck Norris, me voy con pose de duro hacia mi linda y bonita parejita, y le suelto: "Rubita, ¿qué quieres hoy para comer?"

"¡Pues no es para tanto!" "¡Yo me esperaba otra cosa!"... Son las cosas que supongo que si me tuviérais delante me tiraríais a la cara. Sois todos unos ilusos. Porque ella, con su suave y melodiosa vocecilla, me contesta, día tras día, cada día, exactamente lo mismo: "No sé... Cualquier cosa..." ¡Y es justo aquí donde empieza el bucle inacabable! ¿Qué por qué? ¡Fácil!

Ante esa respuesta uno dice ¡tate, el cielo abierto!, porque hay que tener clara la diferenciación entre dos conceptos importantes: alimentarse y comer. Alimentarse es todo lo referido a comida sana y esas mierdas, que te sabe todo como si te estuvieras comiendo una hoja mojada del ABC, y comer es ese disfrute del "guarreo" culinario hipercalórico que hace que la vida valga la pena. Ante esa respuesta un tío cualquiera, como yo mismo, se dice ¡me voy a "jartá" de comer!

Así que voy yo y le digo: "Muy bien, pues entonces voy a preparar unos macarrones carbonara convenientemente aderezados", a lo que ella contesta con fría y calculada precisión: "¡Ay, no, que engordan mucho!" Yo, sin dejarme amedrentar y teniéndolo todo bien preparado, replico que unos buenos filetes con patatas fritas es otra gran opción, pero ella me suelta que las patatas fritas son muy malas para el colesterol y otras sandeces. A pesar de todo me niego a rendirme, y expongo lo sabrosísimo de un buen arroz con pollo, pero resulta que mi rubita afirma que el arroz le sienta mal...

Resoplando y buscando rápidamente en mi mente motivos para no cometer un "rubitacidio", opto por ceder en lo referido a la comida y me hago a la idea de tener que alimentarme, por lo que me ofrezco a preparar una sanísima y absolutamente sosa sopita de picadillo, pero ahí va la tía y me suelta que eso es muy poca cosa para un almuerzo.

Al final, día tras día, cada día, la conversación me quita tantas ganas de vivir que, irremediablemente, y cayendo vílmente en la trampa, vuelvo a repetir medio desesperado la misma pregunta: "¿Pues entonces qué quieres comer hoy?" A lo que siempre, absolutamente siempre, recibo la misma respuesta por su parte: "No sé... Cualquier cosa..."  

¡Uff! ¡Llego a mi parada! Tengo que bajarme. ¡Hasta el próximo viaje!  

jueves, 2 de agosto de 2012

Nuevo deporte sevillano: "¡Qué te vas a mating!"

¡Pues sí! Desde que la población "de los de aquí" y visitantes varios se han acostumbrado a mi querido metro, no se ha tardado en poner en práctica un nuevo y bello deporte, creo que de pronta federación, que he dado en denominar "¡Qué te mating!" (Lo de acabar en -ing le da un aire internacinal e importante). Es una bonita actividad de múltiples variables de aplicación. Éstas se desarrollan entre el ligero trotecillo: "lo intenting pero me da igualing" y, ya para deportistas estremos, en la modalidad: "¡mis dienting, mis dienting!"

Lo que pasa, al contrario que en la mayoría de los deportes, éste es más divertido de ver que de practicar (y por supuesto, mucho más seguro). Me explico:

Como todos sabéis, el metro tiene dos tipos de horarios. Uno en el que los trenes pasan cada tres o cuatro minutos (el facilón), y otro en el que pasan cada cuarto de hora más o menos (el "joputa"). Pues bien, por mi experiencia personal, el "¡qué te mating!" se practica indistintamente en ambas franjas horarias. ¿Y en qué consiste exactamente este hermoso deporte? ¡Muy fácil!: El metro se coloca en la estación a punto de salir pitando, y el/la atleta (o atletas), se sitúan en lo alto de las escaleras que dan acceso al andén. Llegados a este punto se da una imaginaria señal de salida y, en un más que optimista intento por llegar al tren (aunque para el siguiente solo queden tres minutitos de nada), los atletas corren, se despeñan y se juegan la vida literalmente, por alcanzar uno de los vagones.

Además, este deporte cuenta con una versión "cross", que es cuando los atletas, además de bajar las escaleras de culo, boca, rodando o demás, lo hacen extremadamente cargados con bolsas, mochilas, maletas y demás géneros de macutos y carga en general. En esos casos este deporte desprende ya unas imágenes bellísimas que quedan irremisiblemente grabadas en las retinas de los espectadores. Esos giros del plástico entremezclándose con los gritos provocados por espinillas golpeándose contra el borde de los escalones...

Como en todos los deportes, existen puristas que, a fuerza de ahostiarse casi diariamente (y eso que los horarios de los trenes son todos los días los mismos. Yo ya me los he aprendido), han alcanzado ya un nivel de excelencia bastante notable.

¿Y el nombre de esta disciplina deportiva? Pues viene claramente de lo que se nos pasa por la cabeza a los sonrientes espectadores cada vez que vemos un más o menos logrado empeño de practicarlo: "¡Qué te vas a matar!"

Pero lo bueno, bueno de esta discilpina, lo que hace que valga la pena tomarse unos segundos en disfrutar de la visión de tantos y tantos (cada vez más) atletas que la practican, es la carita que se les queda cuando el metro les cierra las puertas en sus narices y sale pitando.

¡Uff! ¡Llego a mi parada! Tengo que bajarme. ¡Hasta el próximo viaje!

martes, 22 de mayo de 2012

Un par de miserables e inofensivos sandwiches

Iba yo el otro día en mi metro rememorando un divertido suceso de una noche reciente (a ver, si en el metro no pasa nada, pues a mí se me va la cabeza por ahí y me pongo a pensar en mis cosas). Fue día de limpieza en casa; es decir, yo lo limpio todo y mi queridísima y lindísima pareja no levanta la nariz de sus apuntes en el escritorio, aunque, alérgico "perdío" que ando últimamente, me escuche echar los pulmones por la boca (como es su obligación, que bastante tiene ya la pobre mía con lo suyo).
Total, que llegando la hora de cenar, aparece ella envuelta en un halo de pura luz celestial como si de un ángel se tratara (no olvidemos que el propio Satanás fue un ángel al principio) y me dice: "¿qué quieres cenar? Hoy preparo la cena yo". Emocionado hasta lo indecible ante aquellas palabras, pero sabedor de cientos de "divertidas" anécdotas culinarias de la niña de mis ojos, me considero lo bastante listo como para creer controlada la situación y, en mi suprema estupidez, me da por decirle: "No te compliques, con un par de sandwiches de jamón y queso voy que chuto". Y así que se adentra ella en el inexplorado territorio vírgen de nuestra cocina mientras yo, convencido de mi excepcional ardid, me ponía a ver Los Simpsons como un gilipollas.
En esto estábamos cuando, unos minutillos después, aparece la luz de mi vida, el flexo de mi escritorio, el mechero de mi paquete de tabaco, portando grácilmente un platito con los sandwiches en cuestión. La pinta ya me pareció sospechosa. "¡Tate!, me dije, seguro que ha confundido el jamón de york con las toallitas para la lavadora!" Pero no, me calmé, eso no era posible, pues hacía poco había visto un documental en la tele en el que un chimpancé con no demasiadas luces, al segundo o tercer intento, era perfectamente capaz de preparar un sandwich mixto que era comestible y todo (algún pelo de mono por ahí, como mucho).
En fín, que cojo yo, emocionado por el gesto y con más hambre, como diría mi insigne progenitor, que "un hijo puta agarrao a un poste de teléfono", y le suelto un buen mordisco al primero de mis sandwiches... ¡Efectivamente! Me di cuenta de que yo no me estaba comiendo aquello, sino que aquello me estaba violando la boca sin ningún rastro de amor o de cariño. Era como si se le diera un mordisco a la Central Lechera Asturiana. A causa de los recortes a los que, como Presidente del Gobierno de nuestro hogar, me he visto obligado a recurrir, no tenemos por aquí ni peso ni balanza pero, así a ojo, creo que cada sandwich podía llevar como kilo y medio de mantequilla en cada una de sus caras, a lo que había que añadir, rodeando a la pobre e indefensa loncha de jamón york, su buen par de tranchetes (indispensables en la dieta de todo hombre independizado del siglo XXI). Además, por si alguien no había caído, la mantequilla derretida podría ser un sustituto más que eficaz del aceite hirviendo para la defensa de castillos y fortalezas medievales.
Así que, con unos retortijones descomunales y con el paladar en carne viva, sin dejar de lanzar tiernas miradas a mi muñequita linda y preciosa, que me miraba con ojitos de Heidi (grandotes y brillantes), logré comerme un sandwich y medio mientras luchaba denodadamente por mi vida.
"¿Están buenos?" Me preguntaba mi luna y mis estrellas. Yo no podía más que asentir con la cabeza, ya que estaba seguro de que si abría la boca para hablar vomitaba fijo, pero en mi mente, con absoluta claridad, se me repetía una y otra vez una idea: "Es absolutamente imposible que a mí me concedan jamás una licencia de armas". Y eso que en este caso hubiera sido, sin lugar a dudas, en legítima defensa propia.
¡Uff! ¡Llego a mi parada! Tengo que bajarme. ¡Hasta el próximo viaje!

martes, 10 de abril de 2012

Le abandonó el Tranxilium

En primer lugar, os debo a todos una disculpa por haber tenido el blog más que abandonado últimamente. Ya sabéis, uno se va haciendo viejuno, tiene más responsabilidades, no le viene la inspiración, y esas cosas que se dicen cuando uno está demasiado vago como para sentarse a escribir un poquito (o, como diría mi admirado Reverte, la puntita nada más).
En segundo lugar, para los menos versados en el tema, quiero aclarar que el Tranxilium es, quizás, el medicamento más universal que se usa con pacientes psiquiátricos. Para que podáis haceros una idea es, como a mí me gusta llamarlo, un "amamonante mental".
Pues bien, aclarado esto, os cuento lo que me pasó el otro día:
Me subí yo en mi metro de vuelta a casa, contento por haber dejado atrás otra larga jornada de trabajo, y justo al sonar el pitido de cierre de puertas, salta a mi vagón un chaval de no más de veinte tiernos añitos vestido; cosa curiosa, al menos a mi parecer; con un chándal como los que los de mi generación usaba cuando éramos pequeños (esto es: azul marino con dos rayitas blancas a los lados) que cumplía con castrense determinación el popular dicho andaluz que reza: "Ancho de espaldas y estrecho de culo..." (No creo que haga falta poner el final. Aquí somos todos muy cultos en estos temas).
Nada más ponerse en marcha el metro, el buen muchacho empieza a balancearse entre las barras metálicas al más puro estilo de la Mona Chita, tal vez respondiendo con su cuerpo a un ritmo pegadizo que, lo juro por mi madre, solo sonaba en su cabeza.
Unos segundos después, haciendo gala de la buena fortuna que me caracteriza, el balanceo del chavalito le llevó irremediablemente a mi lado (como no podía ser de otro modo), y eso me permitió escuchar con claridad el diálogo interesantísimo que mantenía consigo mismo entre meneo y meneo.
En un primer momento pensé que, además de cegato perdido, me estaba quedando sordo, porque el "autodiálogo" del muchacho se estaba produciendo a un volumen absolutamente normal, nada de susurros ni esas cosas. Me da que le importaba una mierda que cualquiera pudiera escucharlo. Pero no era el volumen lo importante. Para nada. Era el contenido del mensaje lo que más me llamó la atención.
Lo pongo entre comillas porque fueron sus palabras textuales, de verdad, de verdad, aunque suene a cachondeo. Es más, si no lo hubieran sido, probablemente no se habría ganado con honores y medallitas una entrada en mi blog:
"Todos estos son robots, pero ellos no lo saben. Son robots del pasado y robots del futuro. Ellos no lo saben, pero yo sí porque soy su dios y lo sé todo".
¡Toma ya! ¡Agustísimo que se estaba quedando el muchacho!
Y digo yo, que es logiquísimo que el chaval estuviera nerviosete y tal metido en el metro rodeado de robots, porque en esa situación no sabe uno por dónde puede tirar la cosa, por mucho dios que sea uno.
Total, chavalito mío, que me da a mí que te iba haciendo falta tomarte unas pastillistas para la cabecita como si fueran pipas, si es que no lo estabas haciendo ya. Pero trátalas bien, que después te abandonan y te pasa lo que te pasa, hombre de Dios, y la gente te mira regular en el metro y esas cosas...
Pero hay otra conclusión posible a todo esto mucho más preocupante: Puede que la cosa esté tan mal que, sin saberlo, todos nos hayamos convertido en una especie de robots. Autómatas que hacemos lo que hacemos simplemente porque es lo que debemos hacer, sin plantearnos nada más. Y puede que eso nos esté hundiendo tan y tan  profundo, que incluso Dios, cuando nos echa un vistacillo, se pone nervioso porque no sabe por dónde meternos mano.
Espero y confío que sea lo de las pastillitas de colores, aunque personalmente no me creo nada...
¡Uff! ¡Llego a mi parada! Tengo que bajarme. ¡Hasta el próximo viaje! 

miércoles, 29 de febrero de 2012

No somos iguales

Esta simple afirmación, que puede parecer machista y retrógada, es una verdad como un templo. Y más si uno lleva unos pocos de meses compartiendo casa con su queridísima y amadísima pareja. Las mujeres y los hombres no somo iguales. En absoluto. Más bien todo lo contrario.
Iba el otro día dándole vueltas a esto en mi bonito metro. Y todo a raíz de algo que me viene como anillo al dedo para ofrecéroslo como ejemplo de mi afirmación:
Mi pareja y yo en casa, por imperativo legal (y sobre todo económico) solemos compartir el desorodante. Es por esto que siempre compro uno que, como pone bien grande en el bote, es unisex, que para los poco cultivados quiere decir que es un producto que si lo usa habitualmente una mujer es moderna y tal, pero que si lo usa un hombre y, además, va y lo dice, la gente lo mira un poco raro pensando en que es más que posible que al susodicho le de bastante igual que la espalda le huela a pecho de gorila.
Total, que como se nos había terminado, mi hermosísima novia, luz de mis ojos y todo eso, se encargó ella misma, en persona y en riguroso directo, de comprarlo ella. Evidentemente, el bote que trajo, de un prístino color celeste (para que luego digan que los machistas somos nosotros), tenía en enormes letras blancas sobre fondo azul un letrero que ponía: "PARA ELLA" (así, en mayúsculas).
Ante mi normal protesta, su respuesta fue que ya lo había olido y que era totalmente unisex, así que no me quedó más remedio echarme un poco y olerlo. Al instante me vino a la mente el anuncio perfecto para aquel bote de desorodante que, según mi amadísima y preciosísima pareja, lo usan machos machotes regularmente, tales como Steven Seagal, Chuck Norris, Stallone y demás fauna masculinísima. El anuncio que se me vino a la mente sería más o menos así:
Plano de un campo de batalla nevado. Sopla una fuerte ventisca y llueve copiosamente. Por el suelo, semiocultos por la nieve, multitud de cadáveres descuartizados, espadas y hachas rotas, todo lleno de sangre y vísceras. Se escuchan gritos y quejidos agónicos de heridos amputados y ensangrentados. Por una loma a un lado del campo de batalla asciende un grupo de guerreros enormes y peludos empuñando armas descomunales con las hojas bañadas en sangre. Visten gruesas armaduras negras, pieles oscuras y yelmos del color de la noche adornados con enormes cuernos, clavos, pinchos y todo aquello que les pueda dar un aspecto aún más feroz y amenazante. En ese momento suena una masculina voz en off. La de Constantino Romero, por ejemplo, que igual te vende un colchón como que pone en jaque a toda la galaxia:
"De los temidos y sanguinarios guerreros del duro y misterioso norte se cuentan terroríficas historias alrededor de los fuegos. Se dice que se comen los ojos y los corazones de sus enemigos caídos para obtener su poder, y que su fuerza y valor sin igual es un regalo de antiguos dioses oscuros a cambio de sus almas..."
En ese momento cambia el plano, y se ve a los mismos guerreros en el floreado y colorido prado que hay tras la colina. Misteriosamente la nieve no ha llegado hasta allí, y los guerreros se dedican a recoger y a oler ramilletes de flores, a bailar entre ellas con gráciles saltitos y a tomar un té de frutas del bosque sobre un mantel bordado en tacitas de finísima porcelana, compartiendo chismorreos y risitas entre ellos. Suena de fondo una musiquilla de anuncio de perfume (tipo pianito suave) y otra voz en off, por ejemplo la de Jorge Javier Vázquez, dice:
"Pero incluso los fornidos guerreros del norte necesitan descansar y relajarse después de la batalla, y para que nada pueda estropearles ese momento, todos ellos llevan en sus cintos, junto a sus espadas, un bote del desodorante "Muerdealmohading", porque nunca se sabe cuando llega el momento del relax y hay que saber aprovecharlo."
En fin, que por Rubio Decreto Ley, en los próximos días no tendré más remedio que ir por ahí oliendo a duro y aguerrido guerrero del norte. ¡Qué le vamos a hacer!
¡Uff! ¡Llego a mi parada! Tengo que bajarme. ¡Hasta el próximo viaje! 

domingo, 12 de febrero de 2012

La hija de Satán

Me subo yo en mi metro tranquilamente el otro día, de vuelta del trabajo, y tras unos segundos, me doy cuenta de que, entre las docenas de personas que se apiñaban a aquella hora en los vagones, deseosas de llegar a sus casas para descansar un poquito después de la jornada antes de que, al día siguiente, las vuelvan a "crujir", se encontraba, seguro segurísismo, toda una celebridad del inframundo: la hija de Satán.
¡Sí, sí! ¡Y eso que no era fin de semana ni nada!, pero supongo yo que su papi le habría dado algunos euros mientras le decía eso de "antes de las doce te quiero en casa".
A lo que vamos. La criatura, más que posiblemente un horrible y terrorífico demonio milenario que se alimenta con las almas de recién nacidos y de chachorritos de perro desde hace eones tenía, más o menos, el aspecto de una chavalita de unos quince añitos. Monísima ella con su pelo rubio y sus ojazos claros.
¿Qué de dónde saco entonces el título de esta entrada del blog? ¡Muy fácil!
Lo del pelo rubio lo descubrí tras un concienzudo análisis por mi parte (sí, así con las gafitas un poco caídas y todo, tipo Grissom en CSI), ya que, en realidad, lo llevaba a bonitas y elegantes franjas. Unas rubias, otras negras, un par de mechones morados, y varias trencitas sujetas con coleteros negros con calaveras y cruces invetidas (de verdad, de verdad, palabrita del Niño Jesús). Luego, alrededor de sus preciosísimos ojos verdes (por eso de que todo el mundo tiene que tener algo, supongo) llevaba una nada sutil capa de maquillaje negro de varios dedos de espesor. Le quedaba, más o menos, como si se le dan un buen par de hostias a alguien y el susodicho va después y se muere, uniéndose los moratones con las ojeras típicas de los cadáveres.
En cuanto a la ropa, nada, lo normal, pantalones estrechos de cuero negro repletos de quincalla por todas partes, todas ellas con agradables y tranquilizadoras formas de esqueletos, murciélagos y demás. Camiseta negra, tirando a harapienta, de algún grupo de Heavy Metal durísimo del submundo. Por último, cerrando el conjunto, cazadora de cuero con chinchetas y botazas descomunales como las que usaban los Nacional Socialistas para patear cabezas judías con unas suelas más gordas que los bocadillos que me hago cuando tengo un día malo (y, créanme, esos bocadillos son descomunales).
Como no podía ser de otro modo, la criatura llevaba unos casquitos en las orejas con un temita de Speed Metal sonando a todo trapo. Y ella ahí, cantando (bajito, para no molestar) con toda su alma.
¿Lo que más miedo daba? (Además de las pintas, claro) Pues no sé si decidirme por su carita de muñeca de porcelana satánica, tipo muñeca diabólica, o por su dulce vocecilla de esas que tienen los fantasmas de las niñas cruentamente asesinadas en las pelis de mucho, mucho miedo.
Aunque no sé, si me paro a pensarlo bien quizás lo que más miedo daba, pero por mucho, mucho; y siempre en el hipotético caso en que, en realidad, la criatura no fuera como yo creo la hija biológica de Satán; fuera la expresión aterrorizada y desencajada, temible subida de tensión arterial y amaguito de infarto incluídos, de cierto papaíto al ver a su tierna hijita mientras le decía: "¡Me voy! ¡Hasta luego!" 
¡Uff! ¡Llego a mi parada! Tengo que bajarme. ¡Hasta el próximo viaje!

martes, 31 de enero de 2012

Tra... tra... tra, tra, tra ¡baila mi ritmo!

Aquí que va uno, en pleno fín de semana, después de terminar hasta arriba del trabajo (por no decir hasta los huevos, que esto lo pueden leer niños y eso), a esperar el metro, bonito, bonito metro, que le lleve a su casa a morirse un poco entre jornada laboral y jornada laboral.
Entre la hora y el día que eran solo estábamos en la estación, esperando el metro, yo y un chaval gordísimo. Pero gordísimo. De esos que uno se lleva por ahí a ligar porque así es uno el guapo y tiene más posibilidades. Y mira que yo no soy precisamente un palillo ni mucho menos (es que tengo los pectorales caidos), pero es que en los pantalones de ese hombre me podía hacer un duplex de seiscientos metros cuadrados con jacuzzi y todo.
Pero bueno, la cosa es que, para no desentonar con la fauna habitual del metro, el buen chaval llevaba puestos en sus orejitas los reglamentarios cascos para escuchar musiquilla con el móvil. No tengo ni idea de lo que estaría escuchando porque, ¡oh, sorpresas de la vida!, lo tenía a un volumen normal, no como esa gente, solidaria como ninguna, que lleva en móviles y radios de coche la música a todo trapo para que, si alguien no puede disfrutar de esos lujos, pueda comprobar de primerísima mano su excelso gusto musical (generalmente basado en un repititivo chumba chumba y profundas letras tipo "te voy a poner mirando para La Meca").
Pero lo importante no era la música, sino que el buen hombre aquel, totalmente invadido por el ritmo, ni corto ni perezoso, se me pone a bailar en pleno andén de la estación.
Ya, diréis vosotros, el típico movimiento de cabeza o el seguir el ritmo dando golpecitos con un pie... ¡Pues no! ¡Una mierda para vosotros! ¡El tío se puso a bailar en plan rey de la pista! Como un Tony Manero cualquiera desplegó todo un repertorio de bamboleantes y no muy depurados pasos de baile mientras llegaba el metro.
Una vez en nuestro vagón pareció darse cuenta de su situación y, durante unos instantes, fue capaz de controlar sus impulsos ante el nutrido grupo de personas que nos apretujábamos a su alrededor pero, ¡ay! ¡El poder de la música es superior al autocontrol de cualquier mortal! ¡Y ahí estaba el tío, desplegando otra vez todo su (escaso) repertorio danzarín ante las divertidas miradas del resto de los pasajeros!
En su favor, he de reconocer que lo vivía extremadamente, tal y como indicaban sus ojos cerrados y su mordido labio inferior.
¡La leche!, pensé, ¡tiene que estar escuchando una música increíble! Era o eso, o que acababa de echar un polvo, porque si no no me explico de dónde salía tantísima felicidad.
No obstante, me alegro sinceramente por él. Tal vez, si bailáramos más y nos preocupáramos menos de lo que pensaran los demás, todos seríamos un poquito más felices.
¡Uff! ¡Llego a mi parada! Tengo que bajarme. ¡Hasta el próximo viaje!

jueves, 12 de enero de 2012

La cosa está fatal

Cuando me monté en el metro el otro dia, de vuelta a casa tras el trabajo, me fijé en algo que, tal vez, se podría considerar incluso triste o, al menos, desde luego no era la mejor forma de empezar el año.
Apenas me senté en mi vagón (¡Al fín! Porque hasta Reyes ha sido un auténtico infierno coger el metro, a cualquier hora y en cualquier sentido, por culpa de las oleadas y oleadas de gente cargadas hasta las trancas con bolsas varias. ¿Dónde coño está la crisis?) me fijé en una mujer de alrededor de sesenta años. Su aspecto era bastante normal: Pelo relativamente corto y bien teñido de color castaño rojizo, gafas negras, abrigo marrón clarito (lo que las mujeres llamáis caqui. Yo, como buen hombre, soy como un viejo ordenador Spectrum: solo veo dieciséis colores) y botas marrones con un poquito de cuña.
Pero no fue nada de eso lo que me llamó la atención. Fueron otras tres cosas. Primero, el sobre marrón tamaño folio (para ir a juego, supongo) que sostenía en la mano izquierda mientras pasaba el brazo alrededor de una de las barras de alumino para ayudarse a mantener el equilibrio. Después, el teléfono móvil, ni demasiado nuevo ni demasiado viejo (vamos, para hablar, que para eso mismo son los cacharrejos esos del infierno) que llevaba sujeto con la otra mano junto a su oreja (hablando con alguien, supongo). Pero lo que más, lo que más me llamó la atención fueron sus ojos claros y llorosos que vagaban perdidos, tras las gafas, creo yo que sin ser concientes de que estaban en el metro.
Como buen español (esto es, cotilla hasta la médula), y a falta de mejor distracción hasta llegar a mi parada (me había dejado los cascos del móvil en casa), traté de "meter la oreja" a ver si me enteraba de la causa de los ojos llorosos de la señora. Y sí que me enteré.
Por lo visto, el contenido del sobre marrón tamaño folio consistía en el finiquito que la buena mujer acababa de firmar porque no tuvo más cojones (u ovarios, más apropiado en este caso) justo antes de que, como regalo de Año Nuevo, fuera agraciada con un lugar en la más que extensa cola de parados de este país cada vez más tercermundista.
Según pude escuchar mientras ella hablaba por el móvil, ese suceso tan desagradable le había minado bastante la moral y era el causante del estado vidrioso de su mirada perdida (la cual, visto lo visto, iba a tardar bastante en encontrarse). La pobre mujer no tenía ni idea de qué iba a hacer con su vida (y muchísimo menos de qué iba a hacer para llegar a fín de mes).
Que era buena persona quedó bastante claro cuando le comentaba a su interlocutor (o interlocutora, no vaya a venir alguna Ministra y me chusque por el uso sexista del lenguaje) que no sabía cómo iba a decírselo a su hijo, el cual estaba estudiando una carrera sin beca (y menos becas que va a haber ahora) y que ahora a ver qué iba a poder hacer, con lo buen muchacho que era, porque si ella, que se había pegado trabajando en el mismo sitio siglo y medio, se veía ahora con una mano delante y otra detrás a sus años, su chaval iba a tener menos oportunidades que Carmen de Mairena en un combate a muerte contra Chuck Norris.
Y todo esto por no hablar de cómo iba a decírselo la mujer a su señor esposo, también en el paro desde hacía unos pocos meses por un bonito recorte de personal en su empresa. Así no era de extrañar que la pobre mujer estuviera como estaba (con todas las papeletas para meterse entre pecho y  espalda antidepresivos varios).
Total, que me bajé del metro sintiendo, de verdad, de verdad, a pesar de mi sabida psicopaticidad, bastante lástima por aquella señora. No obstante, lo peor fue cuando, ya subiendo las escaleras mecánicas hacia la calle, caí en la cuenta de que en el metro, como va bajo tierra, es absolutamente imposible que ningún teléfono móvil tenga cobertura.
¡Uff! ¡Llego a mi parada! Tengo que bajarme. ¡Hasta el próximo viaje!

lunes, 26 de diciembre de 2011

Axiomas Navideños

Según el famoso filósofo Descartes (que era el más facilillo de estudiar en el instituto), un axioma podría definirse como una verdad cierta e inmutable.
Pues iba yo ayer mismo pensando en mi metro que en estas fechas tan entrañables y bonitas y familiares hay un montón de ejemplos de axiomas que se reproducen, casi idénticamente, en un porcentaje bastante revelador de la población (menos en el grupo, del que me excluyo, que tiene unos principios tan sólidos que se la trae al pairo toda la historia ésta de la Navidad).
Axioma número 1: El cambio de actitud.
Ahora, en estos días, todo el mundo es más bueno, simpático, amable y tal. ¿Por qué? La versión oficial habla de que es una época de reflexión personal y demás, pero yo creo que la verdad es que la gente está acojoná de que los puedan ver los Reyes Magos y, si son malos, les traigan carbón. Así, uno puede ver escenas esperpénticas como ese buen hombre que, al ir a aparcar su coche, ve al gorrilla de turno que le llega corriendo a la voz de "¡Jefe! ¡Jefe!" y, en vez de dar marcha atrás con su vehículo y pasarle tres o cuatro veces por encima al muy chupóptero (que es, seamos sinceros, lo que nos apetece hacer a todos), le da el eurazo con una sonrisa y le felicita las fiestas (y además, si la peli es americana, se lo lleva a casa a cenar en Nochebuena con su familia).
Axioma número 2: Días para estar con los tuyos.
Pues eso. En estos días le sube a uno descomunalmente la factura del teléfono (fijo y móvil, y eso que las compañías de los cojones ni nos mandan a casa felicitación ni nada). El motivo: hay que llamar a todo el mundo para felicitarles las fiestas. Aquí, en un primer momento, dividimos inconscientemente a la gente que conocemos en dos grupos. Por un lado tenemos a aquellos que se merecen escuchar nuestras melodiosas vocecillas y con los que hablamos un ratazo enorme (generalmente para preguntarles por la familia y comentar el frío que hace y lo mala que está la cosa) y, por otro lado, a los que (mayoría) les mandamos un mensajillo con el móvil (en ocasiones, a todos el mismo) y que les vayan dando. Pero yo me pregunto: Si hay gente con la que no hablamos en todo el año, ¿no será que no los aguantamos? ¿Aún así hay que llamarles? ¡Pues ellos tampoco nos llaman a nosotros en todo el año! Si acaso, nos mandan un mensaje con su móvil.
Axioma número 3: Yo nada más que probarlo.
En estos días de reuniones sin control (días aciagos para los que, como yo, somos unos antisociales y tenemos más feeling con los animales del zoo que con nuestros conciudadanos), corremos el riesgo de coger unos kilitos de más (quince o veinte) al resguardarnos tras la frase "yo solo probarlo". Independientemente de la fecha y hora en la que visitemos o seamos visitados por alguien, el consumo descontrolado de alimentos está garantizado. Si los visitados somos nosotros, hay que comer para que las visitas no piensen que, por porculeros y coñazo, les hemos puesto por delante algo envenenado y, si la visita la hacemos nosotros, hay que dejar los platos limpios en señal de que nos sentimos alagados por poder degustar los típicos productos navideños que nos sacan todos los años (en muchos casos, dichos productos son literalmente los mismos que nos sacan todos los años). Y todo esto sin hacer referencia a los días más señalados, en los que las comilonas son unas orgías de calorías sin ningún tipo de control.
Axioma número 4: Nunca más en la vida.
En estas fechas, cuando un viaja en metro o, simplemente, va dando una vuelta por la calle, se cruza con un sin fín de personas con expresiones cadavéricas y miradas que reflejan el horrible sufrimiento que experimentan en su interminable y dolorosa agonía, es decir, que la gente suele ir por ahí con una resaca descomunal. Si tenéis ocasión de preguntar a algunos de estos seres casi etéreos las respuestas son siempre las mismas: ellos no querían beber, pero claro, se juntan unos cuantos (que digo yo que armados hasta los dientes y con fotos de sus seres queridos con unos puntos de mira dibujados encima) y los obligaron. Además, ninguno bebió mucho, el problema fue que mezclaron. Y llegados a este punto es cuando uno le pregunta que qué mezclaron (sobre todo para no hacerlo uno, aunque, por lo menos a mí, a la segunda copa ya se me ha olvidado lo que no tenía que mezclar), y la respuesta es más que reveladora: Generalmente, se mezclan tres o cuatro cervecitas antes de la comida/cena, cinco riojitas con la comida, un licor de hierbas, que es muy digestivo, tres o cuatro chupitos antes de abandonar el restaurante y entre cinco y diez cubatas (dependiendo de la economía de cada uno) en la discoteca de después. ¡Ajá! Pues es cierto, el problema es mezclar, ¡pero mezclar en la sangre entre cuatro y ocho litros de alcohol de una sentada!
Axioma número 5: La paga extra fantasma.
Hay un día, terminando el mes de Diciembre, en el que la felicidad nos innvade a aquellos que tenemos la tremebunda suerte de poder "disfrutar" de una nómia fija. Es el día en que nos ingresan la paga extra. Pero como toda felicidad de verdad, de la buena, de la buena, dura menos que un caramelo en la puerta de un colegio. Entre comidas, compras de regalos, algún caprichito y demás, ese dinero desaparece casi antes de que nos lo hayan ingresado. Parece como si cogiera el Delorean de Regreso al Futuro. Pero lo peor no es que la paga extra desaparezca casi antes de que nos la hayan ingresado, sino que, como nos venimos arriba al ver cómo nos queda la cuenta tras el ingreso, nos terminamos gastando bastante más que el importe de la paga en sí (somos criaturas débiles y tal).
Ahora, como en las revistas de seria divulgación científica tipo Cosmopolitan, me atrevo a presentar los resultados del test:
Si usted solo cumple uno de estos axiomas, es una criatura ruín y despreciable que se merece ser dado de lado por toda la sociedad en estas fechas tan entrañables y morir solo y en la oscuridad.
Si usted cumple entre dos y cuatro axiomas, es también una criatura ruín y despreciable, pero que más o menos se deja invadir por el espíritu navideño y se vuelve, durante unos días, un poquito mejor persona aunque, eso sí, con más kilos y menos neuronas (es el coste de la vida).
Si usted (como es mi caso, debo reconocerlo) cumple con los cinco axiomas, sigue siendo una criatura ruín y despreciable, aunque no se preocupe, ¡tiene muchísimas opciones de no sobrevivir a estas Navidades!
¡Uf! ¡Llego a mi parada! Tengo que bajarme. ¡Hasta el próximo viaje!

PD: ¡Feliz Navidad a todos y próspero Año Nuevo!

jueves, 15 de diciembre de 2011

Las apariencias engañan

Cuando a uno le toca trabajar de noche un fín de semana se arriesga a que, cuando sale con ojeras y carita de sueño hacia el metro, pueda toparse con algún que otro personaje pintoresco que, o bien va de recogida tras una noche loca, o bien está tan puteadito (¡el octavo enanito!) como uno y vuelve de trabajar o (peor aún) va hacia su lugar de empleo.
Pues ahí estaba yo soñando con un café calentito y mi cama (a ser posible solo, nada más que para dormir. ¡Qué triste es hacerse mayor!), cuando llegó mi metro. Y claro, inocente de mí, voy yo y me subo, totalmente ajeno a que estaba a punto de fliparlo muchísimo.
A esas horas había otras tres personas en el metro: chavalita mona con cara de sueño, pelo recogido en una cola y un poco más pintada de lo normal para ocultar las ojeras. Tenía toda la pinta de ir a trabajar o a algún sitio igual de desagradable (tanatorio, laboratorio de pruebas con humanos, dentista...). Por otro lado me encontré con un tío de veintitantos con sus vaqueros, sus deportivas de marca, su sudadera inmensa con capucha, sus oros colgando a lo negro del Equipo A y su pelado al cepillo el cual, más que estar sentado, se había dejado caer en el asiento (¡plaf! Tipo peso muerto). Me pareció que venía de recogida tras, como se suele decir, "haberse dado fuerte". También, por último, nos acompañaba una señora cincuentona recién duchada (porque tenía el pelo mojado, más que nada, no es que me hubiese duchado con ella, que tampoco hubiera pasado nada... ¡Ah! Para los que digan que podría ser mi madre, les confirmo que no, yo a mi madre la conozco y es otra señora...), con su faldita color caqui a la altura de las espinillas, su blusa, y su rebequita marrón bien abrochada.
Hasta aquí todo normal. Y siguió siendo normal un ratito, justo, justo hasta cuando empezó a sonar en todo el tren un tema de hip-hop más bien durete. Que la canción (o el destripamiento de gato a causa de brutal atropello, que es a lo que sonaba) estuviera en inglés se supuso un verdadero problema, ya que mi relación con la lengua de Shakespeare es más bien flojilla, tipo la de Jose Luis López Vázquez cuando perseguía las suecas por las playas de Benidorm. No obstante, tras cuatro visitas a Londón, algo pude pillar. Por lo visto, la letra repetía de diversas formas una bonita y romántica idea que, traducida al español, sería algo así como: "¡Ven pa'cá que te voy a dar lo tuyo!"
¡Tate!, me dije, al pelo cepillo se le ha ido ya la pinza definitivamente... Pero no, el chaval estaba medio frito, con las manos en los bolsillos, y sin ningún dispositivo que pudiera reproducir semejante basurilla.
Bueno, pensé, lo mismo la moza de las ojeras bajo el maquillaje necesita un poco de marcha para aguantar lo que fuera que tenía por delante... Pero tampoco. La pobre mía iba con la mirada perdida en el vacío, rememorando la cama calentita en la que había estado durmiendo solo un ratillo antes.
En aquel momento, en el que ya me levantaba para bajarme en mi parada, me fijé en que la señora cincuentona sostenía en la mano un móvil, sin cascos ni nada, que parpadeaba mientras reproducía la pegadiza musiquilla.
¡La leche!, pensé, ¡pero si es la viejuna! Pues sí, a la señora cincuentona le iba, a primerísima hora de la mañana, el hip-hop duro y tirando a guarrete. Lo que me hace pensar que solo hay dos opciones posibles: que las apariencias engañan (y que en su casa tenía un body de látex negro y una fusta, y me parece muy bien), o que su hijo adolescente le había metido la cancioncilla en el móvil diciéndole que era una versión nueva, en inglés, de uno de los grandes éxitos de doña Concha Piquer, el muy mamón.
Cada uno que elija la que prefiera. Yo me quedo con la del látex, por eso del guarreo sucio y tal.
¡Uf! ¡Llego a mi parada! Tengo que bajarme. ¡Hasta el próximo viaje!

lunes, 12 de diciembre de 2011

Después del acueducto es todavía peor

Hoy mismo, para variar un poquito, en vez de ir al trabajo he vuelto (sí, sí, aunque lo parezca no vivo en el trabajo ni nada, solo voy de vez en cuando) después de un divertido turno de noche en el que ha quedado patente, nuevamente, que me hago mayor (cada vez me cuesta más) a velocidad absurda.
Pero trabajar a turnos tiene sus cosas buenas. Por ejemplo, yo el acueducto descomunal de la semana pasada lo he visto como a las meigas gallegas, que no existen pero que la gente dice que haberlas hailas. Sin embargo, hoy he descubierto que hasta eso tiene su lado bueno porque, llegando yo a mi metro (¡qué bonito que es mi niño, sobre todo cuando llega para llevarme a casa!) con la satisfacción de saber que me quedan por delante tres bonitos (e inusualmente cortos) días de descanso (que ni descanso ni nada, que para eso ya está el trabajo...) con una sonrisa inmensa en la cara; pruébenlo, como aconseja el gran Quino a través de su personaje más internacional: Mafalda, sonrían los días de diario por la mañana y verán lo divertido que es ir llevándole la contraria a todo el mundo; me encuentro con un panorama absolutamente desolador...
Desolador que les parecerá a las buenas personas, que aman a su prójimo y tal... Yo, que más bien soy un poquito mamoncete con acento en la "uta", disfruto más que Hannibal Lecter de Erasmus en una tribu caníbal centroafricana.
Y así que me encuentro, con la felicidad sincera y absoluta de quien tiene unos diítas de asueto por delante, con un montón de rostros desencajados y cadavéricos. Todos ellos propiedad de los que, a buen seguro, más han aprovechado el acueducto de la semana anterior. Algunas expresiones, de verdad de verdad, eran verdaderamente dramáticas y, por otro lado, absolutamente transparentes. La mayoría, evidentemente, tenían cara de estar cagándose en la ONCE por no haber sacado sus numeritos en el último sorteo y haberles retirado de la dura vida del currante (y más dura que va a ser con el nuevo gobierno, y si no, tiempo al tiempo), tipo el "cacharro" del gran Nacho Vidal. Me encontré con alguno que, creo, incluso se planteaba el suicidio por el doloroso método de escuchar una y otra vez, ininterrumpidamente, el disco de duetos de Raphael y El Fary (que no sé en realidad si existe, pero tendría que ser escalofriante...) o, por concretar un poco más, el disco (que seguro, segurísimo, que no van a sacar en su perra vida) de cierto grupo de flamenquito de infausto recuerdo para todos los asistentes a la cena de Navidad del trabajo, en el que se incluyen sus éxitos "Me dan ganas de hacerme daño escuchándoos", "Me voy a echar ácido en los oídos si seguís cantando" o, el favorito de todos, "¿Por qué me tengo que salir a la calle a fumar si vosotros estáis dentro y también matáis?".
Pero también he visto a alguno que otro con cara de psicopatilla, analizando y planificando mentalmente como iba a asesinarnos a todos los viajeros de su tren, sobre todo a los cabroncetes como yo que íbamos con cara de felicidad (aunque, ahora que lo pienso, creo que yo era el único).
Y es que la vuelta a la vida diaria, después de un acueducto más gordo que el de Segovia, se hace un poquitín cuesta arriba para mucha gente. Suerte que tengo yo (y mis compis y otros currantes de sectores diversos) de trabajar a turnos. Ya que no tenemos puentes ni fines de semana (bueno, sí. Alguno toca de higo a breva...), algo bueno teníamos que tener. Sobre todo a los que, como yo, somos bastante mamoncetes y disfrutamos enormemente observándole el careto al personal...
¡Uf! ¡Llego a mi parada! Tengo que bajarme. ¡Hasta el próximo viaje! 

miércoles, 30 de noviembre de 2011

¡No me toques las bolas!

Pues sí, ya se van acercando las siempre entrañables fechas navideñas y eso... (como todos los años cuando empieza a hacer frío, vamos), y no es algo que pase desapercibido para nuestros amigos del metro. ¡Qué va! Más bien todo lo contrario. De hecho, sospecho que Papá Noel debe ser accionista mayoritario de la empresa, o está metido en la fábrica y venta de trenes o algo así, ¡no tiene más cojones!
¿Y ésto por qué? Pues porque ayer mismo iba yo en mi metro para mi trabajo (¡buá, buá! ¿Por qué siempre voy al trabajo y no a la Mansión Playboy? ¡Buá, buá!) y, cuando me bajo en la estación de Nervión, cojo yo de mi cartera el bonometro, lo paso responsablemente por la puertecita de nave espacial, paso y, mientras guardo nuevamente en mi cartera el bonometro (porque algo hay que guardar en la cartera, básicamente, y como dinero no hay...), lo que me obligaba a mirar momentáneamente para abajo.
Bien, pues justo en ese preciso momento noto que, cual masculino y contundente central del Athletic Club de Bilbao criado en Lezama, remato peligrosamente de cabeza (supongo que con la intención de despejar el peligro de mi área) alguna cosa que estaba, literalmente, colgada del techo de la estación.
Entonces me da por mirar y compruebo, entre sorprendido y flipándolo bastante, que el metro ha sido totalmente invadido (o, viendo lo visto, más bien violado sin ningún rastro de amor ni de cariño) por el bonito y melancólico ardor navideño, y ahora hay colgadas por todo el techo de la estación unas bolas enormes (pero enormes. De verdad, señores. Absolutamente descomunales) de distintos y nada discretos colores.
Pues sí, lo que tan acertadamente rematé de cabeza fue una de esas absolutamente inmesas bolitas navideñas que, para más inri, están colgadas a una altura que hace más que posible que cualquiera que sea un poquito alto (un metro ochenta y dos que mido yo) se vea casi obligado (porque, de verdad, ¡están por todas partes! Como los charlies en las pelis americanas del Vietnam) a darse el porrazo de rigor tanto, como dicen que las dan los toreros, a la entrada como a la salida.
Pero bueno, la verdad es que también tiene sus cosas buenas, porque uno sale del metro en dirección al trabajo, cabizbajo y tal, y por unos segundos puede rememorar sus años mozos de futbolista y olvidarse un poco de la vida de ahora, la fea que no tenía nada que ver con la que teníamos en la cabeza a esas edades. Además, pues oye, yo que soy bastante tradicional y todo eso, pues sí, pues queda bonito y navideño (aunque estemos todavía en Noviembre, que a este paso la próxima Madrugá sale el Gran Poder con el gorrito de Papá Noel puesto, por eso de no entretenernos mucho que se nos echa el tiempo encima). Y, aparte, te da la emoción añadida de, además de viajar en metro, jugar luego a esquivar las bolitas al salir (que es divertidísimo, de verdad, os lo prometo). ¡Ah, lo que se pierden los que son más bajitos!
Así que nada, que ya me voy a ir dejando invadir (o, si es como con el metro, a violar, que uno ya va teniendo una edad que te hace no poder ponerle demasiadas pegas a esas cosas, que después nos arrepentimos de las ocasiones desperdiciadas) por el espíritu navideño. Todo lo que me rodea me está obligando a ello.
¡Uf! ¡Llego a mi parada! Tengo que bajarme. ¡Hasta el próximo viaje!  

lunes, 21 de noviembre de 2011

Todavía hay clases

Pues sí. No hay más que darse una vueltecita a cualquier hora por cualquier vagón de metro para caer en la cuenta de que las clases sociales están más vivas y diferenciadas que nunca aunque, modernos que somos nosotros más que nadie, las hemos hecho evolucionar un poquito (entendiendo evolución como dejar claro que yo tengo más de lo que sea que tú, y que por eso soy, en resumidas cuentas, mejor en todo).
Ahora ya no hay especial diferenciación de estatus por economía (ya que todos estamos hechos una mierda en este tema, y más que lo vamos a estar...), ni tampoco pertenecemos a una clase social por Providencia Divina, como los monarcas absolutistas (¡Pero si hasta en el Cielo hay crisis! Si no lo creen pásense por Alange, bonito pueblecito cercano a Mérida, y podrán comprobar como la cosa está tan mala que hasta Dios ha tenido que montar un bar para sacarse unas perrillas extras - verídico -).
Ahora la cosa es distinta, pero en realidad está igual. Si uno observa con atención, las clases sociales se ven con absoluta claridad en cada viaje subterráneo. Primero se topa uno con lo que podríamos llamar como "Vieja Burguesía" o "Burguesía Clásica". Todos ahí, con sus ojos y sus narices metidas entre las páginas más o menos amarillentas de un libro (por lo general bastante gordísimo) de los de toda la vida. Este caso es complicado, porque uno no tiene forma de saber si van con el libraco por afición y gusto por la letra impresa de toda la vida o porque están más tiesos que las mojamas del Jota.
Luego están los "20minuteros" o, lo que es lo mismo, estudiantes y currelas más secos que un polvorón en la playa. Estos pobrecitos míos, para leer algo, tienen que hacerse con algún periódico gratuíto de esos que, al leerlos, te dejan un extraño sabor de boca porque, aunque te enteras de cómo está el mundo (mal, eso ya te lo puedo decir yo desde aquí, sin prensa ni nada), nunca extienden las noticias tanto como nos gustaría. Por eso sueles ver caras entre ellos, sobre todo los lunes, que dejan bien a las claras sus pérfidas intenciones de sacar de algún sitio un eurito con veinte céntimos para poderse leer una buena crónica deportiva en el As o en el Estadio Deportivo y enterarse de verdad de lo que pasó en el partido.
Existe también una tercera clase que podríamos llamar "Los aburguesados envidiosillos". ¿Qué estos que son? Pues son los que, estando relativamente tiesecillos o, teniendo cosas más importantes en las que invertir, se niegan (o, generalmente, se les niega) a no enseñar su poderío tecnológico como el que más, y te los ves por ahí sentados, con el portátil en las rodillas, dejándose los ojos para leer cualquier cosa en la pantalla que, como todos sabemos (ellos también, pero las apariencias hay que guardarlas siempre) parpadea constantemente regalándote varios boletos para unas cataratas descomunales dentro de unos añitos. Aún no lo he confirmado, pero existe la posibilidad de que algunos de ellos (al menos los que leen con los cascos enchufados y colocados en las orejas) estén en realidad disfrutando de un poquito de porno duro alemán de los ochenta.
Y, por último, nos encontramos con la "Alta Nobleza" (que no será tan alta, digo yo, cuando se mueven por ahí en metro, o lo mismo es que están muy comprometidos con el Medio Ambiente y lo aman y lo adoran y van por ahí dándole pollazos y besitos con lengua a los arbolitos y tal...). Suele ser gente más o menos joven pero con recursos (la empresa de papá, el enchufe de papá, maté a papá y me quedé con su dinero...) que, en cuanto suben al vagón, desenfundan su e-book superpequeñito y superchuli de la muerte y se ponen a leer como posesos (digo yo que lo de pasar páginas debe ser una tarea agotadora, de ahí su utilidad...). A leer con un ojo, porque con el otro miran al resto del pasaje como diciendo: "¡Mira lo que tengo!" (¡Les daba así...!)
Pero no. Hay otra clase social. La de a los que nos gusta leer, leer de verdad, tochos descomunales de miles de páginas que, en algún momento, enlentecemos para no terminar. De los que nos metemos en las historias y casi que podemos llegar a vivirlas, la de los que preferimos de verdad las páginas amarillentas del libro de toda la vida (porque somos malos y no nos importan los árboles). Pero, tan casados que estamos ya cuando nos subimos al metro, que no nos quedan ganas ni fuerzas de, para cinco minutillos escasos de viaje, cargar con el libro que nos espera, siempre fiel y anhelante, en la mesita de noche de casa para echar un buen rato, porque un libro puede darte muchos buenos ratos en la cama, más aún que con una tele en el cuarto, ¡y no digamos ya con una mujer (u hombre, que de todo hay en la viña del Señor)!
¡Uf! ¡Llego a mi parada! Tengo que bajarme. ¡Hasta el próximo viaje!

Nota: Dedicado a mi compi Julia mietras alzo mi voz al feroz grito de: "¡Que la enseñe! ¡Que la enseñe!"
 

miércoles, 16 de noviembre de 2011

¡Ya llegan las elecciones!

Iba yo hoy en mi metro pensando un poquito en las próximas elecciones del día veinte de noviembre. Supongo que lo hacía porque hace poco he tenido la ocasión de ojear los programas electorales de los dos partidos principales. Creo que es algo así como el que, teniendo un buen Cardhu o un Matuzalem en el mueble bar de casa, prefiere meterse entre pecho y espalda un buen tragito de lejía o similar.
La primera impresión que me dieron es que los dos estaban redactados por el mismo equipo: Pajares y Esteso. Por lo demás, escarbando un poco en la palabrería superficial, ofrecen unas soluciones muy válidas para la descomunal crisis que se nos está comiendo con patatas y todo. Por un lado, tenemos el del partido de la rosa (que creo yo que tendrían que cambiar por un cardo borriquero, para que las gentes los identificasen mejor), que viene a decir algo así como que se va a parchear mal y rápido todo lo que se pueda y que mariquita el último, y que los banqueros y los políticos primero (que mujeres y niños hay muchos por ahí). El otro, el de los de la gaviota (que les quedaría mejor, creo yo, un buitre carroñero o, por el nombre del gracioso animalillo, una polla de agua), defiende que se nos de bastante más por el culo a los que tenemos menos voz (para que así, al gritar, se nos oiga menos y no molestemos), con el loable y harto improbable objetivo de que las cifras cuadren un poquito de cara a presentarlas a Europa, y así las potencias del Viejo Continente nos metan "la puntita nada más", en vez de convertirnos en su zorrita thailandesa durante una sesión de sado-maso.
Pero lo malo, lo malo malo de verdad, lo malo como el malo de las películas, es que los del cardo y los del buitre son las únicas opciones reales que tenemos. Porque claro, este país nuestro es poco previsor y deja siempre las cosas para el último momento (¡Ajá! ¡Así que la culpa no es mía, sino del país!), y así nos va. Nos tendríamos que haber juntado unos cuantos y haber hecho nuestro propio partido. Uno de verdad, con intención de cambiar las cosas.
Y así, entre parada y parada, me pongo a darle vueltas al partido que yo fundaría y al programa que habría que presentar. Lo primero: el nombre. Tiene que ser un nombre pegadizo y que conecte con la gente. Fácil: Partido democrático HASTA LOS HUEVOS.
Luego, las promesas. Fácil también porque, como no me van a votar en mi vida, puedo prometer lo que me salga de los cojones.
1. La bandera. Enseñar y presumir de bandera siempre se ha considerado facha y retrógrado. Pues muy bien. Yo solito he encontrado la solución: quitamos el escudito que tiene en el centro y le ponemos la Copa Mundial de la FIFA, ya que solamente cuando España ganó el Mundial a todo el mundo le importó un carajo que se enseñara la bandera por todas partes (y la gente le daba besitos y todo).
2. El himno. Aunque nos ahorramos el ridículo de ver a nuestros deportistas desafinando de lo lindo, tenemos que renococer que incitar, incita poco al patriotismo. Creo que el motivo es que está mayor y tal (a lo mejor si lo versionara Bisbal...). Mi propuesta es que lo cambiemos por el tema de Tito & Tarántula "After Dark". ¡Sí, sí! El que sale cuando baila con la serpiente Salma Hayek en "Abierto hasta el Amanecer". Estoy convencido de que le gustaría más a cualquier hombre (Porque todos los hombres hemos visto esa película o, al menos, esa escena por Internet. Si alguno lo niega, o miente o - preocúpese si este es el caso de su pareja, señora o señorita - no es un hombre. Personalmente, no entiendo como no le dieron un Oscar de algo por ese trocito milagroso de película).
3. Uniforme. Las mujeres, desnudas (en invierno se les facilitará un abrigo transparente, que tampoco es cuestión que se vayan resfriando por ahí). Vale, vale, los hombres también, aunque tras ser evaluados por un tribunal femenino, porque no todos estamos para enseñar y, reconozcámoslo, la mayoría perdemos sin ropa. Pero las mujeres todas, que nosotros no somos (¡Gracias al cielo!) tan exigentes como ellas.
4. Trabajo. En vez de once meses de trabajo y uno de vacaciones, propongo hacerlo justamente al revés: once meses de vacaciones pagadas y uno trabajando (que entre asuntos propios y bajas se queda en una semanita mal contá). (Tengo compañeros a los que aún así, al final, la empresa les debería horas...)
5. Economía. Esta parte parece la más difícil, pero en realidad es más simple que sumar dos más dos. A todos los jefazos, vices, directores, presidentes, consejeros y demás se les quita un 40% de su salario mensual y se reparte entre los currantes de verdad que somos los que sostenemos (lo poco que nos dejan) la economía de este país. ¡O mejor! Se podrían usar esos eurrillos para generar empleo, que al paso que vamos alguno se va a jubilar antes de empezar a trabajar.
¡Pues ya está! Yo, con estos cinco puntitos, estaría más contento que una lechuga (independientemente de que el tribunal femenino considerase si me tengo que despelotar o no). Pero, lógicamente, es todo una quimera imposible. A los que de verdad quieren hacer algo, les cortan la cabeza para que dejen de pensar y, a los de siempre, se la sudamos tan descomunalmente que pasan de exprimirse las neuronas para intentar encontrar soluciones con un mínimo de lógica.
En fín, que ya están aquí otra vez las elecciones. Y yo, en mi metro, me debato encarnecidamente entre dar mi voto a Espinete o a Spiderman. Porque lo que es dárselo a los del cardo o a los del buitre, se los va a dar su puñetera madre.
¡Uf! ¡Llego a mi parada! Tengo que bajarme. ¡Hasta el próximo viaje!

sábado, 12 de noviembre de 2011

Perra memoria

Iba yo tranquilamente en mi metro el otro día y, por casualidad, sin ningún motivo aparente, me acordé de alguien que ya no está. Supongo que pasaría alguien con su mismo perfume, o alguna persona entraría en el vagón con una bolsa del pan, o alguien llevaría alguna bata de flores diseñada especialmente para miradas inquietas, como diría mi admirado narrador Héctor del Mar. (¡Sí, sí! ¡El de la lucha libre! ¡Soy un inmaduro infantiloide y todo eso! ¡Pero me da igual lo que diga todo el mundo! ¡Es un deporte de verdad!)
En fín, que se me pasó su imagen por la cabeza y, tras unos segundos de evasión, caí en la cuenta de lo perra que es esta memoria nuestra. Y es muy perra porque, con el tiempo, te manipula los recuerdos y te los presenta enmarcados por uno de esos horteras bordes de página del Word de corazoncitos, manzanitas, caramelitos y esas cosas.
De verdad, jamás conocí a nadie más cabezota, caprichosa, egoísta y pesada. Tenía a gala, además, toda una serie de estravagantes manías repetitivas hasta la saciedad de las cuales, para más inri, jamás se encargo en persona. No. Su estilo era más de dar una constante y chirriante brasa descomunal al primero que cogiera por banda (generalmente a mi hermano Luis, silente -o no tan silente- sufridor del "Un, Dos, Tres", mártir penitente y paciente hasta dejar al Santo Job en las bragas más descomunales del universo).
Todos, o al menos muchos, recordamos habitualmente su recopilación de grandes éxitos (muchísimos más escuchados que los de Raphael, Bisbal o Julito Iglesias): "A ese animal hay que sacarlo", "Súbete tres chatas y ya que vas pastelitos sin azúcar para mí", "Yo lo haría pero es que no puedo" y, el preferido de todos "El brazo, el brazo".
Lo cierto es que la recuerdo malísima y agonizante desde que nací, pero a ver quién era el guapo que la dejaba en tierra cuando tocaba ir por ahí a comer. Ese era otro de sus grandes éxitos: "yo el más chico, quemado y asqueroso de todos". Siempre acompañado por el coro "¡Eso es mucho para mí!", lo que no la privaba de probar (salvajemente) los platos del resto de comensales. ¡Ah! Para terminar, llegaba el número supremo. Independientemente de que estuviéramos en Tasca Manolito, especialidad en serrín por los suelos para que no se huelan los vómitos de los borrachos, o en el Restaurant Puturrú de Fuá, ahí que sacaba ella su bolsa de Cheetos vacía y se ponía a recopilar toda la carne que había sobrado al feroz grito de "para mi perro, para mi perro" (lo que daba lugar a tristísimas escenas nocturnas de mí mismo comiéndome un sandwich de atún mientras el perro me miraba divertido a la vez que se zampaba un solimillo espectacular).
Total, que diecinueve años compartí casa y vida con ella, rebozándome en sus manías y constantes quejas egoístas.
Y ahora, perra memoria esta que tenemos, me acuerdo sobre todo de cierta bandeja con el escudo del Betis, de charlas de sus tiempos de postguerra en la calle Hiniesta, de paseos por el parque con ella y con mi abuelo, de los madrugones para ir a ver a Los Armaos y a Los Gitanos en la mañana del Viernes Santo, el degustar los desayunos en el Becerra, junto al gran Paco Gandía, de su balcón lleno de juguetes en la mañana de Reyes...
En fín. Va a ser que, a pesar de todo (y no me olvido jamás de ninguno de sus grandes éxitos), la echo un poquito de menos. ¡Qué memoria más perra esta nuestra!
¡Uf! ¡Llego a mi parada! Tengo que bajarme. ¡Hasta el próximo viaje!

Nota: Dedicado a mi perra memoria y a la intérprete de tantos y tantos éxitos inolvidables.

sábado, 5 de noviembre de 2011

La pregunta del millón

Opino que cualquier usuario habitual del metro se cuestionará exactamente lo mismo cada vez que se sube a uno de los trenes. Es como uno de esos grandes interrogantes de la vida que, aunque todos tenemos en la cabeza, no solemos verbalizar ni comentar con los amigos y allegados tomando unas cañas en algún bar.
También podríamos decir que son como las meigas gallegas, que no se saben si existen, pero que haberlas hailas.
Pues a todo esto se parece lo que he convenido en llamar "la pregunta del millón". Pero para poder explicarme necesito antes ponernos un poco en contexto y situación:
Allá cuando yo era joven y tal me llegó el tiempo del segundo hito en importancia de la vida de cualquier hombre (y con hombre me refiero al género masculino exclusivamente, nada de a la totalidad de la humanidad, no vaya a llegar alguna ministra y me cruja por lenguaje sexista y esas cosas..): El coche (el primero, para los más afortunados del lugar, es la desvirgación, preferiblemente sin pagar...)
Y allí que sale uno del concesionario al volante de lo que se haya podido pagar más o menos, con toda la cara de James Bond al volante de su Aston Martin y pensando "¡La ciudad es mía!"
¡Pero no podríamos estar más equivocados! Porque es entonces cuando llega un malo malísimos de esos de las pelis de 007, con parche en el ojo, o dientes de plata, o alguna tara física que solo le capacita para malo de peli o para vender cupones. Además, tiene algún nombre rimbombante tipo "Goldfinger" o "Doctor No". En nuestro caso, el malo malísimo se llama "El Alcalde" y su tara no es exactamente física, sino más bien psicológica (que es tonto del culo, vamos...). Y ahí va el tío, con dos cojones, y por si aún no nos habíamos planteado cargarnos nuestro coche a la espalda y subirlo a casa, visto el asqueroso número de plazas de aparcamiento que hay por la ciudad, se pone a eliminar estas plazas para construír un sanínimo y verdísimo carril bici por todas las principales calles y avenidas de la ciudad (preferentemente por las que antes se podía aparcar con un poco de suerte, previo pago del eurito de rigor al gorrilla de las narices - otro tema del que tendremos que hablar en algún otro momento -).
¡Pero no pasa nada! Pensarán los incautos, también se ha abierto una línea de metro. Así, las malas personas que se niegan a hacer deporte y se esfuerzan en contaminar el aire con sus coches y sufren embolias e infartos cada vez quer intentan aparcar (obsérvense sus miradas asesinas cuando, tras lograr tan loable maniobra, se acerca corriendo el gorrilla al grito de "¡jefe.. jefe...!), pueden hacer uso del transporte público, que es más limpio, más rápido, más cómodo y, sobre todo, ¡lo tiene que aparcar otro!
Pues sí, así estarían establecidas las cosas si este mundillo nuestro en el que mal vivimos tuviera un mínimo de lógica y de sentido común. Pero no. Las cosas no se hacen así.
Esta reflexión es la que me hace plantearme (a mí y seguro que a un buen montón de personas más) la pregunta del millón:
Queridísimos deportistas y amantes de la vida sana: Si ya habéis sido responsables de miles de embolias e infartos en pobres conductores que solo querían llegar tranquilamente a sus casas, si habéis tomado orgullosamente cientos de plazas de aparcamiento para tener un carril (verdísimo, siento insistir, ¡pero es que es muy verde!) por el que "deportear" a vuestras anchas... Entonces, ¿Me podríais decir por qué coño invadís constantemente el metro (único reducto que nos queda a los normales que nos queremos morir y contaminamos y tal...) con vuestras bicicletas, pedazos de hijos de puta?
¡Uf! ¡Llego a mi parada! Tengo que bajarme. ¡Hasta el próximo viaje!

martes, 25 de octubre de 2011

Un taller como los de antes

Hoy mismo, aunque no me ha tocado trabajar, me he visto obligado a coger el metro por tener que dejar el coche en el taller, que ya le iba tocando una revisión más o menos a fondo, que no le metían mano desde que la Esteban escribió algo sin faltas de ortografía...
Bueno, como no tenía ni idea de dónde llevarlo, me puse en contacto con mi padre, que tiene amigos hasta en el infierno (como dice el refrán) y me recomendó uno situado cerca de su trabajo.
Y ahí iba yo en mi metro de vuelta a casa, contentísimo por haber dejado mi coche en un taller de los que ya no hay. Como los de antes.
Porque, según lo que iba pensando, ahora vas a un taller de esos modernos y no sabes si estás entrando en un sitio para que te arreglen el coche o en una clínica estética, con spa y todo. Entras por allí y está todo blanco y limpio, perfectamente ordenado. En las paredes, como mucho, algún póster elegante del último ferrari o, si el sitio tiene verdadera clase, del último Mercedes deportivo. Suele haber incluso una sala de espera, con sus sofás, con sus plantitas (habitualmente de plástico, que lo sé yo) y sus revistas (de coches, evidentemente, pero de unos coches que no me podré comprar aunque trabaje hasta los doscientos veintres años), que cuando le llaman a uno no sabe si decirle que tiene que cambiar un manguito o hacerse un implante de mamas.
Y además te atienden unos chavales más pequeños que tú, pulcros hasta imaginar que se levantan tres horas antes para hacerse la manicura, con cara de tener una Licenciatura en Ciencias Mecánicas y un Máster en Colocación Avanzada de Manguitos y otro de Bujología Aplicada a la Máquina de Conducción.
Pero, por fortuna, el taller al que he ido hoy no era así. En absoluto. Era como los de antes, como los que a mí me gustan. Un sitio pequeñajo, sucio y oscuro, tanto, que uno no sabe si va a que le areglen el coche o a comprar drogas. Y las paredes... ¡Como debe de ser! Almanaque descomunal (de 1987 por lo menos) con señora en pelota viva. Absolutamente gráfico, ¡nada de poses elegantes ni tonterías!, y primer plano revelador de lo que por estas tierras se da en nombrar como "gato acostao".
Y ahí que sale a recibirte el mecánico, tropezándose varias veces con todas las porquerías que tiene tiradas por enmedio: viejales gordísimo y medio calvo que lo más extenso que se ha leído en su vida es la alineación del Betis en el As (mejor el As que el Marca por la fotito diaria de la chavalita en la última página, hombre por Dios...). Sucio como si se hubiese arrastrado por un campo de entrenamiento iraquí durante horas, con una camiseta interior de tirantas que le marca el "musculado abdomen" y que, antes de darte una mano absolutamente asquerosa, se la limpia con un trapo (muchísimo más asqueroso aún) que lleva metido en los huevos (desde solo Dios sabe cuándo).
Es entonces cuando, independientemente de lo que tú le dices que quieres que le haga al coche, le abre el capó y desenrosca el tapón de la gasolina para inspeccionar y tal, mientras el tío apura (con dos cojones) un cigarrillo con tres dedos de ceniza consumida colgando justamente sobre la entrada del depósito. Y uno piensa: ¡Joder! ¡Que nos vamos a matar! Pero luego recapacita y se dice: ¡Pues sí señor! ¡Así es como hay que hacer las cosas! ¡Se ve que este tío sabe de esto!
Y es que, como he dicho, ya no hay talleres como los de antes. Una auténtica pena. Ahora lo que se lleva son clínicas estéticas para vehículos (como esta sociedad es cada vez más avanzada y mejor y todos nos queremos mucho, muac, muac...) ¡Ah! ¡Y el coche perfectísimo en solo un par de horas! Definitivamente ya tengo taller para cuando lo necesite. Es que yo soy muy tradicional.
¡Uf! ¡Llego a mi parada! Tengo que bajarme. ¡Hasta el próximo viaje!

domingo, 16 de octubre de 2011

Señores pasajeros...

Ayer mismo me ocurrió algo novedoso desde que soy usuario habitual (casi diario) del metro. Iba yo con mi novia hacia el centro para dar un paseíto y gastarnos un dinero que no tenemos y tal cuando, nada más subir a nuestro metro y cerrarse la puertas, un mensaje empieza a sonar repetitivamente por los altavoces de los vagones. No soy capaz de poner en pie las palabras exactas, pero decía algo más o menos así:
"Señores pasajeros, por avería en la línea el servicio normalizado se ha ido a hacer puñetas, así y todo el metro se mueve y hemos cerrado las puertas, atrapándoles sin remisión en su interior (para angustia descomunal de claustrofóbicos varios). Nos estamos pensando además apagar todas las luces, básicamente por joder. Perdón por las molestias, que les vayan dando y muchas gracias."
Y ahí nos encontramos todos los señores viajeros, sin tener ni idea de lo que pasaba en la línea, pero un poco acojonadetes con el mensaje que sonaba una y otra vez (no se nos fuera a olvidar), mirándonos las caras unos a otros con esas expresiones tan típicas de "no pasa nada. Esto me lo como yo con patatas. Total, no tengo nada que hacer hasta que empiece el Betis esta tarde..."
El metro seguía su camino, sin embargo, con bastante normalidad, así que todos (al menos yo), nos pusimos a elucubrar sobre qué leches podría ser lo que ocurría.
Mi primera opción fue pensar que una guerrilla paramilitar bien organizada de albano-kosovares habían tomado el metro con el objetivo de tomarnos a todos como rehenes para exigir la liberación inmediata de Don Pimpón o de otro gerifante peludo de esos que son muy malos y muy peludos pero que siempre están en la cárcel (por eso mismo necesitan que se los libere inmediatamente. Que digo yo que ya puestos, que se busquen otros líderes un poco más espabilados que no se dejen coger). Pero descarté esa opción cuando se me ocurrió que qué leches nos iban a valorar a nosotros las autoridades competentes como objetos de intercambios. Además, con la de años de retraso que han acumulado las obras del metro, sería una putada excesiva que ahora vengan y nos lo rompan. Seguro que eso lo tendría en cuenta una guerrilla militar de albano-kosovares, que en el fondo son buena gente y tal, pero es que la cosa está muy mala.
Así que tuve que pensar en otra cosa, y ahí fue cuando se me ocurrió que Antoñito, empleado del metro y encargado del panel central desde el primer día, al fín había reunido el valor suficiente para decirle a Mari Puri, su compañera del alma, con la que trabaja codo con codo desde el primer día, todo lo que le dictaban sus verdaderos sentimientos hacia ella y ésta, embargada de amor, emoción y guarreo del bueno (como dijo muy acertadamente Woody Allen, el sexo solo es sucio cuando se hace bien), se avalanzó sobre Antoñito para hacerle el amor salvajemente. Y en esas estaban cuando Antoñito, perdida ya toda compostura y tras una rápida bajada de bragas a Mari Puri, la agarra fuertemente por los cachetes y, levantándola, la planta encima del panel central a lo Rocco Sifredi, pero con la mala suerte de que el trasero celulítico y un poco caido de Mari Puri va a presionar exactamente el botoncito que hace que resuene un mensaje pelín preocupante por los altavoces de los metros varios. Si fue este el motivo, de verdad, me parece perfecto.
No obstante, como caí después en la cuenta, lo más probable es que alguno de los metros se hubiese quedado tirado (otra vez, y ya van una barbaridad de montón de veces) en algún punto de la vía y el paso estuviera bloqueado. Pero bueno, al menos nuestro metro llegó sin incidencias (no más que el mensajito de los cojones una y otra vez lo que, ya lo contaré otro día; o si no pregunten a mi hermano; me recordó inevitablemente a Quesos Vega e Hijos) a la parada del centro.
En fín, que creo que no hubiera estado mal lo de los albano-kosovares o lo de Antoñito y Mari Puri (sobre todo esto, porque el guarreo es guarreo, y no está la cosa como para no aprovechar las oportunidades). Al menos así se podría haber enmascarado un poco la incompetencia general (y habitual) del metro y, ¿por qué no?, cambiar un poco la rutina diaria de unos pasajeros demasiado acostumbrado a que les den por el culo como siempre, sin que se innove ni siquiera un poquito.
¡Uf! ¡Llego a mi parada! Tengo que bajarme. ¡Hasta el próximo viaje! 

jueves, 13 de octubre de 2011

Los borrachos y los niños nunca mienten

Ayer mismo, cuando me monté en el metro de vuelta a casa tras el trabajo (sí, también trabajo los días de fiesta, ¡qué trabajo más perro el mío!), me topé con una bebita regordeta y sonrosada que, sentada en su carro, junto a su mamá, se esforzaba por dar vueltas a un osito que estaba sujeto al interior de un aro, a la par de largaba feroces succiones a su chupete, rosado también (¡faltaría más!), como si de un buen Montecristo se tratara.
Sus ojos azules miraban con odio sincero al osito de los cojones ya que, cuando era la madre la que le daba al bicho, el osito giraba y giraba en el interior de su círculo (supongo que porque la antigüedad es un grado...), mientras que cuando ella, aunando todas sus fuerzas, lograba darle un buen mamporro, que seguro que tenía bien merecido, el muy cabrón a penas se movía un poquito.
Ahí la dejé a ella, muy ocupada en sus elucubraciones, para fijarme, solo unos pocos asientos más hacia allá, en una linda y tierna parejita de quinceañeros que, claramente, estaba en esa edad ("momento choco", que diría mi concuñado) en la que, con el objetivo de reafirmar su recién estrenada personalidad, se visten, peinan y maquillan lo más horriblemente posible.
Entonces me fijé en las miradas cómplices y traviesas que intercambiaban, luchando denodadamente, sin conseguirlo, por ahogar unas risitas enlatadas y chirriantes que se esforzaban en revelar algún oscuro secreto compartido. En aquél momento me fijé en el revelador brillo de sus ojos. Como buen camionero que cubre la ruta de Alabama a Winconsin que soy, supe desde el primer instante que ese brillo ocular no respondía a la explosión hormonal propia de esa edad, ni al amor verdadero que a buen seguro se profesaban el uno al otro. ¡Qué va! ¡A mí no podían dármela con mi extensa (e intensa) experiencia acumulada a lo largo de años y años de lagunas de memoria! Ese brillo era, sin duda, producto del alcohol.
Y... ¡Efectivamente! Medio escondidos entre sus manos portaban, cada uno de ellos, sendos botellines de la Cruz del Campo a medio vaciar.
Tras superar la horrible y corroante envidia inicial, pude caer en la cuenta de lo duros, rebeldes y maduros que debían ser ambos para llevar a cabo un gesto de protesta, rayando la ilegalidad (por no decir zambulléndose placenteramente en ella), contra una sociedad que, por definición, amarga a los jóvenes, ahogándolos en un picado mar de falta de oportunidades reales de subsistencia. Sí, seguro que era eso, una acción protesta bien pensada, generada en una profunda reflexión de la realidad que les rodea y cargada de simbolismo. Aunque, en realidad, existía otra opción para explicar su gesto: Eran tontos. Tontos del culo.
Ahí estaba yo, inmerso gustosamente en mi debate mental, cuando un ruido devolvió mi atención a la bebita sonrosada del principio.
A los pies de su carrito, lanzado desde las alturas, el osito y el aro se habían ido a hacer puñetas. ¡Tiene futuro!, pensé. Como no había sido capaz de entender cómo funcinaba, se lo carga. Igualito, igualito que la inmensa mayoría de los líderes políticos y sociales de ésta nuestra comunidad. ¡Para Presidenta del Gobierno fijo!
En aquel momento se giró hacia mí y, dejándose caer en el carro, me miró con esos ojazos azules suyos y una expresión que decía claramente (creo que había sido capaz de leerme el pensamiento): ¡Sí! ¡Los de los botellines son tontos!
¡Uf! ¡Llego a mi parada! Tengo que bajarme. ¡Hasta el próximo viaje!

martes, 11 de octubre de 2011

Asientos vacíos y dispositivos de invisibilidad

Creo que hay una cosa muy curiosa que cualquiera puede comprobar con facilidad cada vez que se sube en un metro. Bueno, en realidad hay dos cosas.
La primera son los sofisticados y aún solo de uso experimiental dispositivos de invisibilidad absotuta o, como son comúnmente conocidos por el gran público, poco cultivado en terminología aeroespacial de tan ultimísima generación, los auriculares para escuchar música en el móvil.
Ves ahí a la gente que entra, se sienta y se coloca sus auriculares y, al instante, se vuelven completamente invisible para con todo y para con todos los que hay a su alrededor.
Entonces es cuando yo me imagino que, a causa del fín del mundo, de la conjunción de los astros, del programa de Sánchez Dragó, o de la intolerable maldad de la especie humana, se abre un horrible vórtice desde el inframundo, conectando exactamente con la red de metro, y aparecen, más que dispuestos a acabar de una vez por todas con la humanidad, todas las legiones del Averno, compuestas por demonios y criaturas deformes y sanguinarias que van sembrando el caos y la destrucción a su paso... ¡Pero no pasa nada! Los de los cascos en las orejotas ni se inmutan, sabedores con tranquilidad de que su presencia no puede ser detectada ni por el mismísimo Dios, que baje de los cielos para invitarles a unas cañas. O, al menos, así se comportan desde el mismo instante en que se los ponen en sus pabellones auditivos (nota pedante de hoy...). Creo yo que, al menos, deberían preocuparse de que, debido al poder especial que esos circulitos acolchados les otorgan, deberían tener cuidado de que no fuera a ir alguien y sentárseles encima. ¡Pero no! ¡Son lístos los tíos (y tías)! Y son perfectamente conocedores (debe ser por el uso de tecnología tan avanzada) de la otra cosa curiosa en la que cualquiera puede fijarse cuando se sube a un metro. Yo lo llamo "El axioma de los asientos vacíos" y su formulación podría (y debería) ser más o menos así: "Siempre que existan tres asientos en el lateral de un vagón de metro y los dos de los extremos se encuentren ocupados por personas que no tienen la más mínima relación entre sí, el asiento del centro se encontrará siempre libre, tendiendo a ser ocupado, muy ocasionalmente, por otra persona que se sentirá inexplicablemente fatal por lo que acaba de hacer". 
¡Pues sí! En los medios nos llenan la cabeza (y nos quitan las ganas de llenarnos los estómagos) con un montón de panfletadas sobre la unión social del tipo "apadrina a un negrito" (por que si el chaval que está superputeado es de aquí, que le den por el culo...) o "cuida el mundo que le vas a dejar a tus hijos" (si alguna ves tu pareja y tú tenéis la inmensa suerte de trabajar los dos y, tras hacer frente a una hipoteca, a un coche, a la luz, el agua, el gas, la gasolina, seguros varios...os quedan ganas (y sobre todo unos centimillos sueltos), más que de cortaros la venas, de traer un niño al mundo para dejaros los cuernos en darle una vida que sea un poquito mejor que la vuestra). Pues desde las altas esferas son cosas de este tipo las que quieren que hagamos. Y yo me pregunto: ¡Pero si no siquiera somos capaces de sentarnos unos junto a otros en el metro! ¿Cómo vamos a lograr ser una sociedad un poquito (solo un poquito, porque el esfuerzo cansa y tal) más humana? O a lo mejor es que ya lo estamos siendo, porque últimamente, el ser humano se está convirtiendo, a pasos agigantados, en un hijo de puta descomunal.
¡Uf! ¡Llego a mi parada! Tengo que bajarme. ¡Hasta el próximo viaje!

Nota: Aunque sea poca cosa, dedicado a una gata que, como yo, ya ha descubierto la de hijo de puta que hay suelto por ahí, sin correa ni nada. Seguro que ahora está comiendo del mejor caviar.